CRÓNICAS CABRÓNICAS CERTEZAS

viernes 25 de julio de 2008

El mea culpa de un izquierdista, oye

















¿Puede doler un país?

Trojes, Tiquipaya, Cochabamba, 22 de diciembre de 2007. Filemón me recibe en su casa carajeando a sus perros. Su gorra de cuero negro, como carnet de militancia inclaudicable en las filas de la izquierda a secas. Su sonrisa socarrona en su boca de coca, aparece y desaparece. Sabe quién soy, dónde he trabajado y me habla de mi padre, del alzamiento de 1981 contra García Meza. Me sorprende y de pronto siento algo de alivio. Filemón suele devorar periodistas. Habla zambullido en decenas de libros, todos señalados con pequeños papeles como lengüetas en la página precisa. Se ha preparado –así me dice- y de rato en rato se para, trae un libro, un afiche, un recorte, un objeto, lo que sea… y escupe un pedazo de historia política. “¡No se meta a grabar nada si no conoce la historia de este país... compañerita…!”, me increpa Filipo, con una mezcla de tutela y empute genuino. Filemón está dolido.

Filemón Escóbar sólo necesita presentación para quienes no conocen la historia política de este país. Él es la historia misma de la lucha sindical minera que es, digamos, el tronco de las luchas sociales y políticas del siglo XX en Bolivia y, por lo mismo, el germen poderoso del sindicalismo y de los actuales movimientos sociales, por ejemplo, del trópico cochabambino, gracias al propio Estado que vía 21060 regó el país de mineros desplazados. Allí llegó Filemón Escóbar y, huérfano como se crió, acabó siendo el padre político de Evo Morales Ayma.

Llevaba en las venas su lucha minera, pero también una historia de derrotas que quiso apasionadamente purgar con Evo y el MAS. Tal vez por eso las reuniones con el ya dirigente cocalero “eran pura formación política y a carajazo limpio, oye”. Evo tenía entonces 28 años y pateaba la pelota.

El caso es que tanta vida y fracaso político, hicieron posible casi un desahogo. Filemón repite hoy a quien quiera escucharlo, el mea culpa de esa izquierda “atrasada”, deseando que aún sea tiempo de enmendar el error. Porque queriendo una cosa, aquellos radicales lograban el tiro por la culata y así llevaron a Barrientos al poder, crearon la Asamblea Popular que “sopló” a Torres y terminó “soplada” por Bánzer y que bajo la consigna de “ni reformismo ni fascismo” con la COB a la cabeza jodieron a Siles Zuazo y una vez más abrieron las puertas a la dictadura militar. “¡Nosotros somos los autores de los gobiernos de corte militar y fascista en el cono sur... compañerita…!” grita Filipo.

Tal vez de allí su desesperación y, peor aún, su decepción. Más de una década de doctrina y lucha sindical, esta vez cocalera, llevaron a Evo al gobierno. Pero en mayo de 2004 se produjo el parricidio. Filemón es expulsado del MAS. Toma la batuta García Linera, “los quintanas y los radas” que siguen el camino de la confrontación para resolver el entuerto nacional por la vía de las armas, acusa Filemón, y los hechos lo secundan.

Filemón, en cambio, que en la cárcel convivió con los asaltantes de la remesa de la empresa minera Catavi (el atraco de Calamarca), es capaz de cambiar de piel. “Son increíbles los secretos que tiene un ser humano” dice Filipo en sus memorias. Por eso insiste en la “complementariedad de los opuestos” (cambas, collas). Se opone rotundamente a eso de las 36 nacionalidades que harán trizas el país (autonomías por decreto) porque aquí hay sólo dos civilizaciones –dice-: la que vino de España y nosotros, los andino-amazónicos. Punto. Reniega del error político del Presidente Morales de haberse opuesto a las autonomías, marcando así el nuevo fracaso de la izquierda que ocasiona, una vez más, el tiro por la culata. ¿Puede doler un país? Filemón me despide con los ojos al jugo. “Si lo veo al Quintana lo mato, carajo, y al García Linera… le doy por atrás, oye”.



miércoles 23 de julio de 2008

Qué tienen ellos que no tenga yo, Jefazo



La Paz 05:00 am. Partimos rumbo a Orinoca, en el fin del mundo. No sólo busco una entrevista con el Presidente Evo Morales, quiero hablar con él. Gestiono la cita una y mil veces. Mientras espero, me lanzo hasta Illasavi, en la provincia Carangas de Oruro, donde llegas bordeando el lago Poopó por la izquierda o por la derecha, hasta el extremo sur oeste, en medio del desierto de arena y paja brava, seis horas de viaje mascando tierra. Quiero conocer su casa, su familia, sus vecinos. Quién sabe…, afrontar al mito. A ver qué de él puedo tocar antes de verlo. Toco todo lo que puedo, menos a él. Y es que la cita nunca llegó. El Presidente Morales, mortal como cualquiera, tiene algunas debilidades bastante obvias, una de ellas: los periodistas extranjeros, argentinos, mucho mejor. Como no soy ni una cosa ni la otra, hoy voy a qaikearme con usted, Jefazo.

Oruro 08:00 am. Calle Jaén 165. De camino al fin del mundo pasamos por la casa de Esther, su hermana, en la carnicería. No está, se fue a Orinoca. Su hijo es pasante de la fiesta de San Andrés. Qué casualidad. Nosotros vamos allí mismo. Comenzamos bien. Dos pájaros de un tiro y encima la esperanza de un milagro: entre los cientos de rumores que se confunden con deseos, tal vez el Evo vaya a la fiesta más importante de la comunidad, que se celebra en la punta misma del cerro Cuchi-Cuchi, allí donde su madre María Ayma subió a pedir la bendición de la pacha mama para Evo, el día que se fue al cuartel. Allí donde subimos con el corazón en la boca, arañando el camino que se chorrea al borde del precipicio, en busca de Esther. Cuando supieron que era periodista tuve que alejarme discretamente y lo antes posible. Me miraron como sólo ellos saben callar.

La entrevista con Esther sucedió luego de muchísimas gestiones intentadas por todas las vías posibles. Tuve que convencerla de que no era periodista de Unitel, de que conocía al vicepresidente, de que la entrevista con Evo estaba asegurada. Es más, acababa de volver del Chapare hasta donde fui persiguiendo al Presidente en un viaje maratónico.

Diciembre 2007, enero 2008. Pasé la Navidad y el Año Nuevo pendiente de la llamada que me otorgaría el privilegio de entrevistar al Presidente “probablemente en el avión”. Sigo esperando.

Miro a Evo en “exclusivas” con varios canales internacionales. Lo veo incluso junto a un cómico norteamericano. Veo el documental Cocalero dirigido por el ecuatoriano Alejandro Landes que logra meter la cámara donde nadie antes pudo y pregunto ¿Por qué el Presidente otorga tantas entrevistas a la prensa extranjera y no sólo desdeña a los periodistas bolivianos sino que además nos maltrata? La mitad de mi respuesta es la autocrítica. La otra mitad ratifica la paradoja nacional que Evo encarna: reniega del colonialismo y se derrite ante un par de ojos azules y acento extranjero. Evo está rodeado de periodistas extranjeros.

Ya me pasó con Cocalero. Qué privilegio. Ojalá hubiese podido estar ahí no sólo para registrar todo, con su permiso, sino para preguntarle todo lo que los bolivianos tenemos atorado en la garganta y en el corazón, sin su permiso. Pero no. Como Martín Sivak con el Jefazo. Una grabadora encendida en primera clase. Cómo se verá Orinoca desde el helicóptero…, todo pagado. Todo arreglado por el gobierno para acompañar al jefazo en cada viaje. Así no vale.

Lo que tienen ellos, jefazo, es que están maravillados con la epopeya. Yo también. La diferencia es que a mí me duele no hacerla posible y que se vuelva comedia. A ellos les importa el impacto del evento. Finalmente no tendrían por qué empaparse más. Escribirán un libro, filmarán una historia y se irán. Yo me quedo porque mi compromiso es éste y está aquí. Yo me quedo con …Un tal Evo, jefazo.

martes 22 de julio de 2008

Para Pedro con amor



















Pendex en acción. Pedradas furibundas, gases que responden al desmadre y una bomba molotov que prende fuego en el Palacio de La Moneda. Michelle en la tele lamenta esta agresión contra el símbolo mismo de la democracia chilena. Y es que la balacera del 73 que se llevó a Salvador Allende y coronó a Augusto Pinochet, se recordó el 2005 con Michelle Bachelet estrenando la Presidencia de su país, con un quilombo de rostro estudiantil algo parecido a los de aquellos pendex del colegio Ayacucho en nuestro memorable febrero del 2003. Apedrearon, incendiaron y entre gases se confundieron con los pillos del lugar, finalmente todos cabreados por algo.

Pero los chilenos se supone recordaban a sus muertos, repudiaban más bien diecisiete años de dictadura militar y sin embargo apedreaban La Moneda. ¿Qué es esto?

Un poquito de bolivianidad. Un poco de fiesta huacha y furibunda, para alterar en algo un paisaje chileno demasiado light.

Me ha llegado el último libro de Pedro Lemebel que es como decir el último aullido de la moda intelectual. Ese apasionante cronista maricueca, Jack el destripador de la hipocresía chilena. Pedro, esa vieja cincuentona que hoy, más loca que nunca, se rifa la vida todos los días y el resto de su vida, inclaudicable en su mariconaje guerrero contra esa derecha respingona que todavía ostenta la loción heredada del pinochetismo, esa que no soporta mariconaje alguno. Y el hombre labios de cereza es un maricón pues carajo, más aún si esa boca de cherry suelta (más bien escupe) palabras revoltosas.

Mata Hari no tiene nada que perder.

Por eso Pedro se calza sus tacoaguajas y armado de cuerpo hembra y lengua larga, altera el lustre del país más suizo de América. Si no fuese por Pedro, Chile sería perfecto. Por lo menos en las postales turísticas de televisión internacional. Porque en Chile no vuela una mosca. Están en los suburbios. Pero no te creas porque la profilaxis del metro santiaguino es engañosa. Lo que sí funciona es el mercado. Allí, negocios son negocios y los chilenos son sobre todo brillantes mercaderes. Por eso, ideología y mercadotecnia van por carrilles separados. Esa es, digamos, cuestión de estilo. Por eso, aquel es un socialismo “moderado”, es decir, racional, cuidadoso, recatado y finalmente aséptico. A esa fotografía se suma la imagen femenina y maternal de Michelle Bachelet y su apellido francés –mujer divorciada, agnóstica y socialista, sus adjetivos más frecuentes-. Una presencia demasiado perfecta para la continuidad de un proceso democrático tan civilizado. De ese ritual exitoso -me cuentan- los chilenos parecen estar cansados. Porque por debajo corre el país lemebeliano, el Chile roto y culeao que se antoja un poquito de bolivianidad.

Lo que no saben los chilenos es que ese febrero del 2003, los pendex esos del Ayacucho sólo atizaron la piedra fundacional de la guerra de los cien años… Ellos sólo dieron la seña que inició el quilombo que protagonizaron –encantados- policías vs. militares que encontraron el pretexto perfecto para una ch’ampa guerra que ambos la tenían atorada en el rifle hace rato. Supongo que esos bachilleres ayacuchanos, hoy universitarios, estudiarán derecho, ciencias políticas, antropología o ciencias de la educación, intentado reivindicar años de lagarteo estudiantil, quien sabe pensando en aportar algo a este país maltrecho que en su sordera sólo escucha a las piedras.

Aquí, Pedro, nada ha cambiado en el fondo. El racismo sólo se ha quitado la careta. Finalmente es más honesto. Y este socialismo revolucionario es fundamentalmente racista. La demagogia de la izquierda nos está robando la esperanza porque los fachos resucitan cada día más regordetes. Este socialismo revolucionario parido en octubre de 2003 cuando no quisimos venderle gas a tu país -que nos mira de arriba- ostentando por lo menos un trozo de mar ajeno. Ese retazo que tú, Pedro, nos devolviste en una crónica: un metro de mar, tu metro, que está bien para la letra. Porque aquí seguimos deseando el mar en serio, creyendo ingenuamente que con sólo mirarlo y respirar, podremos entender que el mundo es redondo y que no somos el ombligo de nadie, ni siquiera del mundo indígena. Que el mundo es mucho más ancho que nuestro mezquino ombligo étnico-político, cansado de mirar cuatro paredes y millones de rostros distintos que sospechan el uno del otro y lo único que se les ocurre es apedrear. Estoy cansada de tanta estupidez. Te cambio, Pedro ¿te cambio?


Foto/Pato Crooker