Para Pedro con amor (o Jack el destripador)


















Pendex en acción. Pedradas furibundas, gases que responden al desmadre y una bomba molotov que prende fuego en el Palacio de La Moneda. Michelle en la tele lamenta esta agresión contra el símbolo mismo de la democracia chilena. Y es que la balacera del 73 que se llevó a Salvador Allende y coronó a Augusto Pinochet, se recordó el 2005 con Michelle Bachelet estrenando la Presidencia de su país, con un quilombo de rostro estudiantil algo parecido a los de aquellos pendex del colegio Ayacucho en nuestro memorable febrero del 2003. Apedrearon, incendiaron y entre gases se confundieron con los pillos del lugar, finalmente todos cabreados por algo.

Pero los chilenos se supone recordaban a sus muertos, repudiaban más bien diecisiete años de dictadura militar y sin embargo apedreaban La Moneda. ¿Qué es esto?

Un poquito de bolivianidad. Un poco de fiesta huacha y furibunda para alterar en algo un paisaje chileno demasiado light.

Me ha llegado el último libro de Pedro Lemebel que es como decir el último aullido de la moda intelectual. Ese apasionante cronista maricueca, Jack el destripador de la hipocresía chilena. Pedro, esa vieja cincuentona que hoy, más loca que nunca, se rifa la vida todos los días y el resto de su vida, inclaudicable en su mariconaje guerrero contra esa derecha respingona que todavía ostenta la loción heredada del pinochetismo, esa que no soporta mariconaje alguno. Y el hombre labios de cereza es un maricón pues carajo, más aún si esa boca de cherry suelta (más bien escupe) palabras revoltosas.

Mata Hari no tiene nada que perder.

Por eso Pedro se calza sus tacoaguajas y armado de cuerpo hembra y lengua larga, altera el lustre del país más suizo de América. Si no fuese por Pedro, Chile sería perfecto. Por lo menos en las postales turísticas de televisión internacional. Porque en Chile no vuela una mosca. Están en los suburbios. Pero no te creas porque la profilaxis del metro santiaguino es engañosa. Lo que sí funciona es el mercado. Allí, negocios son negocios y los chilenos son sobre todo brillantes mercaderes. Por eso, ideología y mercadotecnia van por carrilles separados. Esa es, digamos, cuestión de estilo. Por eso, aquel es un socialismo “moderado”, es decir, racional, cuidadoso, recatado y finalmente aséptico. A esa fotografía se suma la imagen femenina y maternal de Michelle Bachelet y su apellido francés –mujer divorciada, agnóstica y socialista, sus adjetivos más frecuentes-. Una presencia demasiado perfecta para la continuidad de un proceso democrático tan civilizado. De ese ritual exitoso -me cuentan- los chilenos parecen estar cansados. Porque por debajo corre el país lemebeliano, el Chile roto y culeao que se antoja un poquito de bolivianidad.

Lo que no saben los chilenos es que ese febrero del 2003, los pendex esos del Ayacucho sólo atizaron la piedra fundacional de la guerra de los cien años… Ellos sólo dieron la seña que inició el quilombo que protagonizaron –encantados- policías vs. militares que encontraron el pretexto perfecto para una ch’ampa guerra que ambos la tenían atorada en el rifle hace rato. Supongo que esos bachilleres ayacuchanos, hoy universitarios, estudiarán derecho, ciencias políticas, antropología o ciencias de la educación, intentado reivindicar años de lagarteo estudiantil, quien sabe pensando en aportar algo a este país maltrecho que en su sordera sólo escucha a las piedras.

Aquí, Pedro, nada ha cambiado en el fondo. El racismo sólo se ha quitado la careta. Finalmente es más honesto. Y este socialismo revolucionario es fundamentalmente racista. La demagogia de la izquierda nos está robando la esperanza porque los fachos resucitan cada día más regordetes. Este socialismo revolucionario parido en octubre de 2003 cuando no quisimos venderle gas a tu país -que nos mira de arriba- ostentando por lo menos un trozo de mar ajeno. Ese retazo que tú, Pedro, nos devolviste en una crónica: un metro de mar, tu metro, que está bien para la letra. Porque aquí seguimos deseando el mar en serio, creyendo ingenuamente que con sólo mirarlo y respirar, podremos entender que el mundo es redondo y que no somos el ombligo de nadie, ni siquiera del mundo indígena. Que el mundo es mucho más ancho que nuestro mezquino ombligo étnico-político, cansado de mirar cuatro paredes y millones de rostros distintos que sospechan el uno del otro y lo único que se les ocurre es apedrear. Estoy cansada de tanta estupidez. Te cambio, Pedro ¿te cambio?


Fotografía/Patricio Crooker

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