CRÓNICAS CABRÓNICAS CERTEZAS

viernes 11 de noviembre de 2011

Panamalo

¡Bang! ¡bang!. Viene un tipo, viene otro, luego serán más. Drogas, dólares y mucha sangre. Aquí todos matan a todos. ¡Bang! ¡bang! Una típica película hollywoodense del hampa chicana. Aunque esta vez el escenario es Panamá, la película es panameña y su autor es Panamalo.

Panamalo no cuenta su película. La actúa. Tiene ese idéntico gesto de matón de barrio turbio. Cambia su postura sacando un poco la panza, echando los hombros patrás, abriendo los brazos, ostentando un par de pulseras y un reloj demasiado grandes para su estatura. Tuerce los labios hacia abajo, burlón, y habla en un tono Caribe veloz, do mayor, casi ininteligible (por aquí diríamos que tiene una papa caliente en la boca). Los ojos le brillan. Casi, casi quisiera que eso que imagina fuese real. Pronto dirá, enfático: “ES real”. Es más, su protagonista, el malo, el corrupto, es –dice Panamalo- el vicepresidente. No se sabe si se refiere a la ficción o habla del gobierno actual de su país. Aunque al mismo tiempo, y a estas alturas, todos sabemos que Panamalo sabe lo que dice.

No fue difícil llamarlo Panamalo. Un joven panameño, aspirante a director de cine. El caso es que Panamalo reniega y no se tapa la boca. Se sienta y me cuenta que allí donde estamos, en Ciudad del Saber, vivían los gringos. Esos insoportables que ocuparon desde el siglo pasado 16 kilómetros de territorio panameño, 8 a cada lado del Canal de Panamá. Y que todo “su” territorio era inviolable y al que los panameños no podían entrar -¡en su propio país!, Panamalo alza la voz y sus ojos se inflan-, pero que los gringos podían, libremente, pasar y pisar la ciudad. Ellos tenían todo –relata Panamalo torciendo la boca, como cuando cuenta su película-: sus supermercados, sus escuelas, sus centros médicos, sus cines, sus parques de diversión, sus viviendas, todo. Se llamaban y hasta ahora se llaman “zonians”. Es decir, nacidos en la zona –entonces norteamericana- del Canal. Ciertamente no eran panameños, no. Eran norteamericanos, aunque… tampoco. Eran “zonians”. Y Panamalo pronuncia esta palabra como si hablase perfecto inglés. Habla. Es más. Su esposa es norteamericana. Ajá.

Panamalo sufre, entonces, ese mal compartido por gran parte de los panameños –creo yo-. Reniegan de años de convivencia denigrante junto a los norteamericanos que hasta ayer nomás habitaron-invadieron su territorio, al mismo tiempo que se desean un poco norteamericanos. Y lo son, cuando menos en varios hábitos heredados como aquél del “shopping” como deporte nacional junto al béisbol. Si los norteamericanos habitaron Panamá desde 1914 hasta 1999, cómo no van a tener los panameños un conflicto de identidad. (Lo mismo que los “zonians” en los Estados Unidos quienes se reúnen una vez al año en la Florida, dominan los dos idiomas, bailan como panameños y actúan como gringos. De hecho, John Mc Caine, por ejemplo, es un "zonian" http://www.diariocritico.com/panama/2008/)

Panamalo nos lleva a su bar preferido en el Casco Viejo de la ciudad cuyo dueño es un neoyorquino que dice no hablar español pero que cuando nadie lo oye, habla a la perfección. Allí también está Felix con su piel mulata que dice “hola” queriendo decir “hi”. Porque inmediatamente después comienza a hablar en inglés. Lo interpelo un poco bromeando y entonces saca del fondo de su memoria sus orígenes panameños –nació en Panamá- pero Felix tiene el corazón partido porque se crió en Puerto Rico. So, tú sabes. Y de ahí a Nueva York, no es nada. Entonces, Felix recupera la pose y, moviendo los brazos, las pulseras y la cruz que pende de su cuello, dice “I am the boss, you know?” y mira a Panamalo pidiendo aprobación. Panamalo, que a ratos tiene cara de niño malcriado, aprueba.

Panamalo tiene un país atorado en la garganta. Y cada que puede, escupe. Porque sólo él ha podido responderme ¿por qué en un país con 20 mil millones de dólares anuales de producto interno bruto para sólo 3 millones de habitantes, hay 37% de pobreza? La anécdota son aquellos modernos edificios que se yerguen en la ciudad más promisoria de América Latina pero que están deshabitados. Porque dicen las malas lenguas que por las noches no se prenden más que cuatro luces y esos gigantes son fantasmas fruto del lavado de dólares del narcotráfico y la corrupción -interna y la de sus vecinos más próximos-. El resto de la respuesta es casi previsible: ¡Bang! ¡bang! Panamalo estrena su película.

Publicado en http://americasquarterly.org/node/3073 (10/11/2011)


martes 26 de abril de 2011

Solteras



Antes de que ella se fuese de mi casa, yo tenía un amante a medio tiempo. Cuando ella volvió, un año después, ese amante cumplía ya tiempo completo. Es decir, vivía en mi casa. Era mi pareja. Entonces, ella, Silvia, trabajadora del hogar en mi casa, hermosa mujer, grande y siempre sonriente con un coqueto sombrero floreado que no se quitaba nunca, me dijo: “Yo también me he conseguido marido”.

Así, las dos volvíamos a compartir casa y estado civil. Cuando cambié de barrio, Silvia ya no pudo acompañarme porque la nueva casa quedaría muy lejos de la suya, ahora que ella tenía marido con quien dormir.

Aunque alguna vez hablamos por teléfono, no la he vuelto a ver y a ratos extraño nuestra vida de solteras y su sonrisa como un sol.

martes 19 de abril de 2011

Baratija V





Los pies tienen memoria

Mi Pie Izquierdo







Paso uno. Algún día que me resisto a olvidar (los masoquismos, quién inventaría) me metí al monte haciendo lo que tantas veces en mi vida. El riesgo me latía pero soy incapaz de decir no. Además, me llevaron como sólo ellos saben hacerlo: dijeron que sería dos horas de camino a pie, cuando en verdad serían dos días de caminata sin parar, en busca de la Machu Coca en Yungas de Vandiola. Obviamente mi rodilla, ya maltrecha, no aguantó. Fueron 17 horas sin parar y listo. En medio del monte donde sólo llegas a pie –y no hay ningún otro modo de comunicarte con el mundo que no sea una mula para salir de allí en caso de emergencia- no te queda otra que salir de allí… a pie.

Fueron dos las operaciones de rodilla, seis meses sin caminar y un año y pico de silencio. Pero lo rico de todo esto es resucitar.

Paso dos. Entre muletas nacía un sueño. Publicar la primera revista boliviana de periodismo narrativo. Crónica, sí, esa mi pasión casi obsesa. La rodilla inútil era ciertamente un obstáculo. Agarré las maletas, me fui, me curé y volví. Me esperaba Alex Ayala con el número uno de Pie Izquierdo. Fueron 8 números de pura pasión -incomprendida, diría el bolero-. El mercado boliviano es tierra fértil pero los gustos empresariales no dan pie con bola y en pleno siglo XXI siguen creyendo en aparecidos: un rafting obsoleto cuya medida es un par de tetas-chatarra. Pie Izquierdo paró, pero la tinta no. Por eso compartiré aquí un par de textos de allá. Para no perder la memoria ni la utopía.

Baratija IV



Dos años de silencio tienen que ser suficientes para familiarizarme con esto y saber que me leen –gracias- y que sus comentarios fueron enviados a algún rincón que acabo de descubrir. Me disculpo y los publico. Nunca es tarde para sorprenderse.

Habana Blues



El Malecón es esa larga y hermosa avenida que bordea La Habana a orillas del mar. Una terraza desde donde mirar el horizonte suspirando quién sabe por qué. Aquel diciembre de 1989 cuando estuve yo, la película que acababa de ver mandaba suspirar por los apagones de luz que dejaban a los cubanos atrapados en un ascensor destartalado diciendo, resignados, que “por si fuera poco, vivimos en una isla…”


Ya entonces, y a pesar de los esfuerzos del socialismo de Fidel Castro, la crisis que se vivía era algo así como un secreto a voces. Ni bien salías del hotel, decenas de mulatos habaneros te brincaban disimulando pa’ cambiarte dólares o pa’ que les compres un par de zapatos. En la otra esquina, un muchacho corría con el sombrero robado a otro que gritaba su bronca socialista. Por la tarde, en la plaza frente al cine, hacíamos largas filas pa’ comprar un inolvidable helado Coppelia. Fila aquí, fila más allá. No importaba. El Coppelia merecía la espera. La gente allí parecía tener todo el tiempo del mundo. Y yo andaba de vacación. Así es que la siguiente fila, por la noche, era pa’ comprar un pedazo de pizza. Mínimamente cuarenta y cinco minutos con todos los ojos de aquellos cubanos clavados en mi mano derecha. Tenía yo una Heinekken que había comprado en el hotel. El socialismo en vivo y directo era para mí no sólo ajeno sino desconocido, sorprendente y finalmente, con aquella lata en mi mano, me avergonzaba (yo, no el socialismo). Las comidas fuera del hotel no estaban previstas en el paquete turístico, diseñado para evitar la miseria. Era el festival de cine. Un evento pa’ extranjeros, intelectuales, artistas y “progres” diríamos hoy. El caso es que era ciertamente una burbuja privada. Fiestas exclusivas amenizadas por el mismísimo Silvio Rodríguez o el maestro Arturo Sandoval. En las puertas del baile, decenas de mujeres cubanas, maquilladas hasta la desesperación, buscaban marido. Un gringo que las saque de la Isla. Poco después, Arturo Sandoval se fue de gira pa’ Madrid y no volvió más.

Veinte años más tarde, las noticias de La Habana -que durante todo ese tiempo fueron mostrando algún pequeño e inevitable gesto capitalista- ya sin Fidel o con el patriarca alicaído, dan cuenta de la crisis definitiva de aquel socialismo que claudica poco a poco ante el mercado. Fue el propio Fidel quien el año pasado reconoció que el modelo cubano ya no funciona. Hoy, a 52 años de la revolución y en vísperas del sexto congreso comunista que buscará “rectificar” los “errores” del modelo abriéndose al sector privado, el gobierno cubano anuncia el despido de miles de trabajadores y la otorgación de permisos para que éstos puedan buscarse la vida por cuenta propia y hacer su propia empresa, aunque ésta fuese un puesto de comida en la puerta de su casa.

En Bolivia, en 1985, esto se llamó “relocalización”. Treinta mil mineros fueron despedidos y lanzados al mercado a través de un decreto cuyo número, 21060, es desde entonces, el ícono del neoliberalismo y el nuevo enemigo por el que la izquierda boliviana sustituyó a las dictaduras militares. De ahí que acabar con el “21060” haya sido la promesa electoral más exitosa de Evo Morales. Una promesa todavía incumplida, aunque Morales no sólo ha proclamado su opción por el socialismo del siglo XXI (que todavía no se sabe muy bien qué es) sino que ha asumido el camino de la estatización. Ha nacionalizado empresas privadas, ha creado nuevas estatales y promete profundizar tal cosa. Está expropiando tierras, estrangulando emprendimientos privados y agrandando el Estado. Es decir, Bolivia, de la mano de Evo Morales, sigue el camino que Cuba reconoce hoy mismo como un fracaso. Y las filas, esa vieja costumbre cubana, son hoy en Bolivia un paisaje cada vez más familiar. Una romántica postal para el turismo de izquierdas pero una triste evidencia para quienes vemos allí retroceso, no esperanza. Y por si fuera poco, vivimos en una isla, sin mar.

Texto publicado en Americas Quarterly / 18 de abril, 2011

http://www.americasquarterly.org

lunes 18 de abril de 2011

La elegida




La madrugada del 28 de enero de 2010, Justa Elena Canaviri Choque se levantó de golpe. Los dolores que había sentido en sus codos 15 días antes confirmaron la sospecha y la desgracia. Va a haber un movimiento de tierra, dijo, y nadie le creyó. La Justa nació a las 13 horas del 13 de agosto del 63. Tras sacudirla dentro del aguayo en su ceremonia de bautizo, su abuelo quiso que le cambiaran la fecha de nacimiento, pero cuando su padre fue a cumplir la orden, el notario se lo impidió. El destino estaba marcado. Ella era la elegida.

“Cosas de Dios nomás”, dice ahora la Justa, a sus 48 años, mientras nos muestra lo que queda de su vivienda y recuerda cómo la casa detrás de la suya cayó estrepitosamente al lado contrario y desafiando las leyes físicas dejó la suya en pie. Era la madrugada del 28 de enero en la zona de Huanu Huanuni en La Paz cuando el cerro se vino abajo y dejó 47 moradas bajo tierra. A las 3 o 4 de la mañana, ya no recuerda bien, la Justa vio a su madre allá afuera, de rodillas y como en trance. Había salido a botar basura junto a su hermana, que luego fue internada en el psiquiátrico por la impresión del desastre. El cerro se desplomaba y ellas mudas. El susto las dejó sin habla y sin alma.

Pero la casa no colapsó. Por eso todavía es posible salvarla y esta mañana de domingo, el único momento que encuentra disponible, la Justa tiene cita con la arquitecta. Está empeñada en reconstruir su vivienda a pesar del costo y de sus reproches, porque en plena desgracia algunos vecinos saquearon todo lo que pudieron: desde ropa, muebles y computadoras hasta ventanas, cañerías y portones. Ya recuperó una baranda y el portón principal. El resto es un caos que no le impide, sin embargo, estar elegantemente vestida, pisando retazos de madera, cal, cemento y barro.

Uno diría, robándole sus propias palabras, que la Justa es una chola alzada. Citadina. Así define ella a su madre, Filomena, una sandwichera muy conocida en el “poderoso barrio de Poto Poto” –dice ella-, en Miraflores. Educada con monjas y en familia de españoles, aprendió a hacer los mejores embutidos de la época o al menos de la zona. Ella era la que ganaba, contaba y administraba el dinero de la familia. “Creo que eso he aprendido. No me gusta que nadie decida sobre lo que hago”, cuenta moviendo discretamente las manos.

El caso es que la Justa heredó el matriarcado además del cuerpo robusto y los ojos diminutos de su madre, pero sobre todo el ñeque (fuerza, ahínco), la buena mano para la cocina y el buen gusto en el vestir. “Mi madre es de las que usaba rebozo y manta de vicuña encima, le gusta engalanarse. Es de las que lucía talonera con rayita negra en sus medias. Hacía traer telas del Brasil a su pollerera. No me voy a vestir pues como las otras, decía”.

Lo mismo que seguramente piensa ella cada mañana, a las ocho en punto, frente al espejo, cuando se alista para estar ante las pantallas de Bolivia TV. No se cambia para su público, no tiene tiempo, justifica, pero la Justa está siempre bien vestida y me lo demuestra enseñándome una a una las piezas del atuendo que lleva ahora mismo: combinado todo en azul, desde los zapatos con bordado de ese color, la pollera de tela algo sedosa y transparente diseñada por ella misma igual que la manta (ésta en un tono menos fuerte), hasta los centros (enaguas) que ni se ven pero que también combinan; son celeste aguado. Es más, su nueva empresa es de ropa y ya comenzó a diseñar mantas de cuero que luce especialmente en ámbitos diplomáticos donde la invitan con frecuencia. “A embajadas me voy a lucir para que los extranjeros vean que sabemos aprovechar nuestros recursos”, cuenta con aire de suficiencia. Y remata explicando que usar polleras es una opción. “Es como si nacieras en Bolivia pero te vas a los Estados Unidos y decides ser ciudadana norteamericana. Es una decisión que tomas en la vida, en este caso para ser más boliviana, para decir yo vengo de este lugarcito y me identifico con esta gente. Quiero mostrar lo que somos, lo que podemos hacer. Es una decisión y una responsabilidad lo de llevar pollera”. Afuera, en la calle del barrio de Huanu Huanuni ladra un perro y la tienda comienza a llenarse de gente. Me sorprende que su celular no haya timbrado todavía. Entonces, seguimos.

La jailaf

Decisión y responsabilidad. Ésas parecen ser las palabras que se acoplan a su nombre y guían su vida, aunque habría que añadir el desafío. Porque si algo la impulsa es que la reten o le digan que no puede hacer algo. Por eso mismo, una vez, la Justa se lanzó de un helicóptero en paracaídas. Quería mostrar el “ñeque” boliviano: profesiones, oficios y demás cosas que hace la gente. Como es una convencida de que hay que vivir y sentir para saber, sólo bastó que un hombre dudara de su valor para que ella se lanzara al vacío. “A mí no me hablen de pobreza, de conflictos, de sexo o violencia si no saben, si no han sentido el dolor del hambre. No soy la Madre Teresa, pero puedo hablar de lo que he vivido”, dice ahora subiendo el volumen de su voz, porque la Justa se calienta rápido. “Tengo un carácter que sólo yo me entiendo”, explica luego.

De pronto, sus ojos diminutos se abren y brillan. Se recuerda a sí misma y se gusta a los 9 años, cuando estudiaba en el poderoso colegio Dora Smith. “He tenido mucho roce con la jailaf (highlife)”, suspira, porque tenía las mismas profesoras que el colegio privado Saint Andrews, uno de los más prestigiosos de la Zona Sur. Ella era la consentida porque jugaba baloncesto como ninguna. Y es que su padre, Ambrosio Canaviri Machaca, oriundo de Huachacalla en Oruro, un lugar casi perdido en el mapa, inhóspito y sembrado de paja y de yareta, fue el fundador de un aguerrido equipo femenino de básket al que, por esas cosas de la memoria y la revancha, llamó “Oasis”. Tres veces campeón en su categoría.

Don Ambrosio era “el portero del estadio Obrero”, cargo prestigioso de este reconocido caballero cuyas hijas tenían la obligación de velar por su buen nombre. Pero ése no fue obstáculo para que la Justa lo desafiara el día que éste decidió no incluirla en el Oasis debido a su juventud. Ni corta ni perezosa, desafiante, ella fundó su propio club: el “Camargo City”. “Había chicas de Camargo y con el nombre las convencí de que se unieran. Estábamos en la cola del campeonato ¡pero estábamos!”, cuenta ahora desbordando picardía, recordando cómo se llenaba la cancha cuando se enfrentaban el Oasis y el Camargo City, sólo por verla a ella.

De pronto, ahora que lo piensa, sus ojos se llenan de lágrimas. Porque siempre creyó que su padre consentía a sus hermanas dándoles todo. Para ella, en cambio, la cosa era con trabajo y esfuerzo. Y cuando se quejaba, su padre la miraba callado. Sólo ahora que él ya no está, se convence de que aquello tenía una razón. Ella era, desde siempre, la elegida.

El destino

“Papitos y mamitas, aquí la verdura, del productor al consumidor, directo desde el lugarcito de donde sale”, fueron las palabras mágicas que la llevaron a la televisión en 1999, como presentadora de un programa llamado “La cancha”. Desde entonces la Justa no ha parado. Aún recuerda el t´istapi (la tembladera con susto) que le dio esa primera vez que estuvo agarrada de un micrófono, frente a las cámaras. Pero resulta casi imposible creerle cuando dice que todavía siente un cosquilleo en el estómago cada vez que comienza su programa.

Son las diez de la mañana del lunes y ella ya está en el canal estatal, donde empezó. Aclara que se fue de PAT, un canal privado, cuando la nueva administración quiso relegarla a un sector de cocina como si fuese “la empleadita”. “A mí nadie me bota”, dice. Y con razón. Ella es una mujer reconocida y se lo ha ganado a pulso. Por eso, cada vez que ingresa a las oficinas de Bolivia TV se tiende una alfombra roja invisible.

En el pasillo estrecho del vetusto edificio, en la puerta misma donde se graba “La Justa”, una fila de gente espera su turno, apoyada sobre una pared manchada. Parece un consultorio médico o quizás, mejor, uno de esos lugares donde uno acude en busca de un milagro o para que le lean la suerte. El estudio es un espacio insuficiente con las puertas abiertas, como si fuese la sala de una casa cualquiera. No hay demasiada parafernalia. Una joven asistente anota en el pasillo el motivo de la visita de los invitados: ¿Usted, de qué hablará? ¿Y usted, a qué viene? ¿Papa-nico-qué? ¿Cómo se escribe? ¡Ah!... ya.

Mientras tanto, sentada en un sillón naranja que por fortuna esta vez combina con su traje color café –pollera de motas atigradas, manta beige con bordados cafés, centros y zapatos perfectamente combinados con la pollera–, la Justa discute acaloradamente con los miembros de su equipo porque acaban de desafiarla a criticar publicamente a un grupo de folkloristas que compusieron una saya por encargo de bailarines peruanos. Algo que, para ella, es poco menos que una traición a la patria. Pero antes de que el asunto vaya demasiado lejos, la Justa da por terminada la discusión con una alharaca. “¡Es que yo las tengo bien puestas, papito!”, exclama.

Eso sucede durante la pausa, cuando la Justa se relaja, cuando junto a sus amigos da rienda suelda a su lenguaje siempre bien condimentado. Porque cuando quiere, la Justa es bien hualaycha (pícara, traviesa). Y entonces se mueve, se agacha, se ríe y suelta una que otra palabrota. Así alivia un poco el peso de ser el pilar fundamental de su familia. Eso le frunce el ceño. Porque ni de su padre esperaban aprobación sus hermanos como de ella. La elegida es hasta hoy la matriarca.

Este lunes la Justa está un poco resfriada y cada dos por tres se seca los labios con un clínex, así es que su productor decide cuidarla y hace trabajar más a los otros conductores. A ratos, la Justa se recluye en un rincón, lejos del barullo, y se toma un mate mirando lo que sucede en su propio escenario que parece funcionar a control remoto, con su mera presencia.

Ella no sabe que yo sé que las noches que puede se va a buscar a los chicos de la calle para darles comida o dinero. Luego me dirá que cuando no hay robos ni asaltos entre la Eguino y San Francisco es porque ella estuvo allí antes. Me confesará que lo único que teme es que Dios se la lleve antes de tiempo, como dice la canción, sin haber hecho lo suficiente. “Me he vuelto necesaria para mí misma”, reflexiona ahora, porque todavía tiene mucho por hacer y su límite es, como todo en su vida, el pretexto perfecto para afrontar un nuevo reto. Porque la Justa es como su casa, una metáfora de sí misma: siempre de pie ante la desgracia.


Crónica publicada en la revista Pie Izquierdo No. 3/ La Paz / Fotografías: Alex Ayala


miércoles 4 de noviembre de 2009

lunes 11 de mayo de 2009

“¡Que se vaya, carajo!”




Para Emilio, para recordarle que su salto al abismo
valió la pena, porque hoy vivimos en democracia.

A las 6 de la mañana del lunes 11 de mayo de 1981 sonó el teléfono. En La Paz habían apresado al Gral. Alberto Natusch Bush, sospechoso de conspirar contra la dictadura de Luis García Meza que había comenzado a perseguir, apresar y posiblemente intentar asesinar a sus propios camaradas.

Esa fue la gota que colmó el vaso de una lealtad no sólo malentendida sino intencionalmente confundida con complicidad. Porque García Meza y los suyos habían hecho del país su hacienda privada, del Estado su cuenta corriente, del gobierno su instrumento de abuso y de las Fuerzas Armadas su pretexto: licencias para el crimen, el festín, el narcotráfico y la corrupción.

Pero la dictadura se equivocó. Creyó que sus camaradas le temían. Cierto. Pero no todos. Esa mañana de mayo de 1981, a menos de un año de haber iniciado su gobierno, 12 militares al mando del Tcnl. Emilio Lanza, acabaron con el sueño del dictador que había deseado 20 años de poder. Armados de valor, se jugaron todo, apostaron incondicionalmente contra el dictador y le dijeron: ¡Que se vaya carajo!

Cuando tienes 13 años, la política te importa un bledo. Pero cuando te toca, no puedes ser indiferente. A esa edad y aquella mañana, desperté con el ring, ring, del teléfono analógico. Por aquellos años y en esa plazuelita donde vivíamos en Cochabamba, escuchar el teléfono a esa hora, te arrebataba el corazón. Recuerdo a mi mamá preparando el “sleeping” de mi papá, como tantas veces antes, cuando el acuartelamiento era para los militares casi una costumbre. Esta vez no era el caso. Era una previsión de aquél que sabe que la guerra está por suceder. Aquella mañana él salió no sólo apurado. Tenía una cita con la historia.

“Nos dirigimos al salón del fondo donde sabíamos que estaban todos reunidos. Yo, que estaba a la cabeza, entré por la puerta posterior, por lo que el auditorio no pudo vernos pero sí quienes estaban en la testera: García Meza, Tudela, Rico Toro, el Cnl. Rómulo Mercado, Prefecto de Cochabamba y el Cnl. Guillermo Vélez, Comandante de la Escuela de Armas.
Cuando ingresamos hablaba el Dr. Alberto Quiroga, embajador en Washington, intentando convencer de que el gobierno norteamericano reconocía al gobierno nacional, momento en que mi presencia y la de mis oficiales interrumpió al orador. Entonces, García Meza, dirigiéndose a mí en tono inquisidor, dijo: ‘¿Qué quiere Lanza?’. Yo estaba tremendamente exaltado y la adrenalina había recorrido mi cuerpo mil veces. Mi respuesta fue inmediata y enérgica: ‘¡Que se vaya, carajo!’”.

El muro de la dictadura se había quebrado. El dictador tenía los días contados.

Así comencé el relato del libro que publiqué catorce años más tarde: Mayo y después. Los últimos días de la dictadura. El título nunca le gustó mucho. Sobre todo la primera parte. Demasiada poesía para tanta urgencia. Parimos juntos, sin saber el género, una crónica testimonial nacida de una larguísima entrevista que le hice poco después del apresamiento de Luis García Meza en el Brasil. Nunca pensamos, ni él ni yo, que esa entrevista fuese tan oportuna. Porque la vendetta no se hizo esperar. Cuatro días después mi padre estaba en el Gran Cuartel de Miraflores esperando ser trasladado a Camiri. Los hilos que el garcíamecismo había dejado le inventaron un juicio absurdo que lo llevó seis meses a prisión. Esa sombra, siempre pensé, lo acompañó a lo largo de toda su carrera luego de aquella mañana de mayo de 1981 en el salón de honor de la Escuela de Armas de Cochabamba.

El 11 de marzo de 1994 detuvieron al Gral. Luis García Meza en Sao Paulo, Brasil. Había fugado cinco años atrás, escapando del juicio que se seguía en su contra y que finalmente acabó condenándolo a 30 años de prisión. Como periodista, me pareció oportuno entrevistar al protagonista de los dos levantamientos militares del año 1981 en Cochabamba que iniciaron la caída del dictador. Emilio, mi padre, aceptó sin temor aunque cuidando algunos nombres.

Fueron dos los alzamientos de esos 12 militares, liderados por el entonces Tcnl. Emilio Lanza, que se enfrentaron a la trinidad garcíamecista (Capitán General, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y Comandante del Ejército) sostenida por el poder de las armas y la mafia del narcotráfico. Un poder de cuya dimensión estos rebeldes no fueron plenamente conscientes, sino ya en plena revuelta y cuando no había vuelta atrás. Tal vez por ello su osadía, pues supusieron que la ética podría más.

“Y es que fue el talante delincuencial de la Junta de Comandantes el que consolidó su aislamiento total y su posterior debacle. Estamos, una vez más, ante la influencia circunstancial, pero determinante, de las acciones individuales en el paso de la historia. Los festines del garcíamecismo fueron el toque subjetivo que aceleró la llegada de su fin. El coraje de los sublevados de mayo hizo de contraparte personal”,

escribió Rafael Archondo, rescatando ese pedazo de historia pequeñita, soslayada por la historia oficial.

El 25 de mayo de 1981 fue el segundo alzamiento militar contra el dictador. Y aunque ambos se registraron como intentos fallidos, no me queda la menor duda de que fueron estos hechos los que derrocaron al régimen dictatorial. Lo que vino después fue sólo el empujón final.

Han pasado 23 años y mi viejo está canoso. Pero yo estoy aquí para guardar un trocito de memoria de lucha por nuestra democracia. Para recordar, mientras pueda, lo mucho que nos ha costado. Para que las armas, los muertos, las cárceles y las lágrimas de tantos de nosotros, hayan valido la pena. Y para que, precisamente por eso, seamos capaces de desafiar al destino y apropiarnos, sin traumas, de los instrumentos de esta democracia que –carajo...– nos duele tanto. Para conquistarla y amarla de una vez, con el apasionamiento de la palabra, nunca la bala, nunca la piedra, nunca el golpe. Nunca más.


Mi papá muríó el 15 de marzo del año 2007, un año después de haber publicado este texto. Pero yo estoy aquí, una vez más, intentando preservar ese trocito de historia diminuta que sin embargo cambió nuestra Historia.

domingo 3 de mayo de 2009

Postales contrabandistas


Cuando tenía 10 años viajaba a la frontera con Argentina desde Tupiza como gran cosa. Debió haber sido como ir de paseo un domingo muy largo. De aquellos años recuerdo los alfajores de chocolate y chocolate blanco que comprábamos en caja de cartón, como gran cosa. También recuerdo un juego de dormitorio que está en uso hasta hoy, 30 años después. Gran cosa. Vuelvo a esa frontera para mirar extasiada esta postal.



De Pando a Villazón sin demasiado aspaviento. Tengo en la retina la fotografía de aquellas decenas de cuerpos casi asexuados que cargan un quintal de harina sobre sus espaldas casi setenta veces durante el día, ida y vuelta por el puente que separa (o une) Bolivia de Argentina en la frontera entre Villazón y La Quiaca. Coca en la boca y en la mano una bolsa para amarrar la carga, corren desde el lado boliviano sesenta metros levantando polvo, apurados porque la competencia es demasiada. Casi al mismo paso, cien kilos encima, regresan con la harina argentina. Dejan la carga y otra vez, setenta veces si les da el cuero.



Es un puente angosto y alambrado. Un carril de ida y otro de vuelta. La gente que va y viene parece ganado, tengo la impresión de que entran en trance. A su lado, diez metros abajo y a la derecha, está el puente formal. Ese donde hay una tranca y gendarmes argentinos en un pedestal desde donde miran con desprecio a los “bolitas”. Probamos ambas rutas. Si eres boludo y no te queda otra vas por abajo. Si te avivas pasas junto con los cargadores de harina y nadie dice nada. Total, todos son iguales, dirán los rubios gendarmes y continuarán distraídos fumando un pucho. Y si tienes un montón de mercadería y no tienes dinero para vainas aduaneras y coimas burocráticas, te vas por el mismo río, más arriba, de Bolivia a la Argentina, jugándote el pellejo. Y qué. La necesidad tiene cara de hereje.


Esta es una puesta en escena. Dos puentes lado a lado, uno para la foto oficial y el otro para el contrabando legitimado. Aparte está el río para justificar el laburo policial que persigue contrabandistas. Casi un entretenimiento porque sino este asunto sería muy aburrido. El otro día, los “bolitas” contrabandistas volcaron el auto de los gendarmes argentinos que son abusivos pero son pocos. Es más, cuando los “bolitas” quieren, aparecen como jauría en bicicletas, decenas, y hacen corretear a los gendarmes. Esto sólo rompe la rutina.

Porque la vía permitida es a la inversa: de Argentina hacia Bolivia y no al revés. Porque de lo que se trata es de poner vigilancia en el lado argentino para que los “bolitas” no ingresen mercadería sin pagar impuestos. En cambio, esos mismos gendarmes cuidan que la mercadería argentina (harina) que ingresa a Bolivia pase tranquila. Qué tal. Los avala algún brillante acuerdo entre estos aparapitas bolivianos -llamados “pilotos” necesitados de los 2,50 bolivianos que se les paga por quintal transportado a lomo- con alguna otra mente brillante del gobierno nacional que genera empleos. Qué buen negocio para el gobierno argentino y para algún bolsillo boliviano. Mientras tanto, la policía nacional, cuya caseta queda a 50 metros del puente del contrabando… está allí. Y la verdad, no sé lo que hace porque ni la vi.

El contraste es abismal. Cruzas el puente hacia Argentina y te lanzan los perros. En el lado boliviano, no hay perro que te ladre. Villazón es una especie de zona franca donde transas en pesos argentinos. Ninguna novedad aunque no deja de sorprenderme. En las fronteras del país, el contrabando es parte de la vida cotidiana. Es parte fundamental de la economía local y nadie se rasga las vestiduras. Ese es sólo un gesto dramático para el show mediático de vez en cuando. Es una farsa. Porque entre nos, qué sería de los gobiernos sin la corruptela del contrabando… Me compro unos rayban de a luca y sigo viajando. Quién carajos dijo que el surrealismo es ficción.

Fotos: Henry Mendoza Doria Medina

viernes 24 de abril de 2009

Bodas de Rubí





Doña Cristina Monasterios de Aduviri se presenta así, enfatizando ambos apellidos. Y como la pregunta reiterada es cómo conoció a su marido (cuando en verdad quiero preguntarle cómo, cuándo y por qué el destino los juntó como dos piezas de una máquina de hacer dinero), ella repite, presumiendo, que pronto cumplirá 40 años de matrimonio. Y cumplió.
El domingo de resurrección, en la iglesia del señor del Gran Poder, la pareja Aduviri Monasterios, 4 veces pasante de la festividad del mismo nombre, celebró sus Bodas de Rubí. Envueltos en una cadena de oro de 2 metros renovaron sus votos con la bendición del cura español que los miraba con admiración. Hoy en día los matrimonios son desechables. Pasada la ceremonia religiosa el matrimonio recibió los abrazos de parientes, amigos y vecinos de la zona en la puerta de la iglesia, con mistura blanca, morenada y banda que pasaba por ahí. Al frente los esperaba una camioneta roja doble cabina, modelo 2009, demasiado grande para el ancho de la calle, lista para llevarlos a dar un paseo por la ciudad. Recorrieron plazuelas, cruzaron el puente de Las Américas, se tomaron fotos y acabaron comiendo fricasé. A las cuatro de la tarde finalmente aparecieron en salón Capitolio de la populosa zona de San Pedro, detrás del mercado Rodríguez. Sus 5 hijos organizaron una fiesta sorpresa con 300 invitados. El regalo vendrá después: un viaje por Europa.
Doña Cristina nació en La Paz y es comerciante-propietaria de la galería Gran Poder, experta en tecnología japonesa de televisores y DVD´s. Su esposo viene de una comunidad del altiplano, fue músico conocido y hoy administra galpones y una gasolinera en El Alto. Todos sus hijos son profesionales, uno con maestría. Doña Cris puso a sus hijos en el colegio Don Bosco y qué. Fue la única mamá de pollera, tesorera de la promoción. Sus hijas ya no usan pollera. Johny, como en "Chuquiago" (la película), es el hijo mayor, también pasante y ahora presidente de la fraternidad. Su esposa es abogada, su hermana también. De modo que la fiesta reunió a sus compañeros de trabajo, de terno y corbata. Un collage de rostros paceños de norte -clase media naranja- a sur - jailones acholados- y de este a oeste -los cholos de verdad-. Todos cumplieron el ritual del ingreso al salón con varias cajas de cerveza, cocteles y mistura, con la sobriedad japonesa de la cultura aymara que con la cumbia y el reaggetón pierde la gala, pero inicia así el baile de la entre-culturalidad. Estoy invitada y vivo en la zona sur donde a la vuelta de la fiesta, con mis segundas derramo misturas en el pasillo de mi edificio con pedigrí, celebrando la certeza de este ch’enko total.