"Me voy a poner tetas" dijo él, muerto de risa




Pedro Lemebel había ganado, finalmente, el premio José Donoso. Lo primero que dijo al enterarse fue "Qué buena onda". Lo segundo "¿Cuánto es? (el premio)" y remató: "Me voy a poner tetas". Yo, que fui su amiga durante cuatro días, lo recuerdo así. 

Conocer a Pedro Lemebel en los arrabales de la literatura no es lo mismo que encontrarlo en Facebook. En mi caso fue arrebato a primera vista. Del descubrimiento literario salió un ensayo apasionado, nada más, nada menos (http://www.amazon.com/Crónicas-identidad-Ensayos-crónica-latinoamericana/dp/3847362526). Pero como el estilete quedó clavado, un día de esos lo encontré en Facebook. Adoratriz, corrí a su encuentro y, melodramática, sufrí un infarto del ego. Despechada, parí un blog (www.lamajabarata.blogspot.com). 

Años después, marzo de 2012, Pedro llegó a La Paz. Desde nuestro primer encuentro textual habían pasado 14 años, una novela y cuatro libros, sida y cáncer en la laringe. Aún así, Pedro habló. Despacio y bajito, a ratos casi inaudible, certero y lúcido, menos quilombero de lo que lo había imaginado. Lo suyo fue generoso. Más aún, casi maternal.

Mi amigo en Facebook

Es el sustituto del gato que nunca tendré. Esa compañía por descarte. Ese animal que llena los vacíos existenciales porque su vida demanda una parte de la tuya. Te distrae, te llama, te llena. No sé bien pero parece que para aquellos de mi generación, esto comienza casi siempre por accidente. El caso es que abrí los ojos y era parte de ese planeta llamado Facebook. Un voyeurismo de cachondeo adolecente -si quieres- o un lugar para hacer de él lo que te plazca. Un canal enganchado en E-Entertainment TV, un pretexto para la palestra política, un showroom privado, tu propia revista VIP donde anunciarte a ti mismo, un sustituto laboral que se extiende más de la cuenta, la nueva versión del pasanacu, un baúl-orgasmo de fotografías de gente que no ves hace décadas con las que ahora creas la comunidad religiosa del flirteo colectivo. 

En eso andaba cuando, entre los mil nombres de María Camaleón, encontré a Pedro Lemebel. Quiero decir, la foto de Pedro fichada por ahí. Red Social. Un juego de admisiones reservadas. Gentes que reconoces y aceptas incluir en tu círculo privado hasta donde tu interés o tu exhibicionismo ambicionen. Cada persona es, si quieres, un club privado. De ahí que para ser aceptada por Pedro, mi mensaje tuvo que haberle provocado cuando menos curiosidad. El caso es que hice clic y durante cuatro días fui amiga de Pedro Lemebel. Al cuarto día descubrí que ya no estaba.

Arrebatada de amor literario, mandé a Pedro mi enfático reclamo en clave lemebeliana, claro, melodrámatica y adoratriz. Adjunté allí el texto que escribí (Para Pedro con amor http://www.lamajabarata.blogspot.com/2008/07/para-pedro-con-amor.html) recordando esa Carta a un niño boliviano que alguna vez Pedro escribió cediéndonos su metro de mar correspondiente. Y como amor con amor se paga, Pedro contestó devolviéndome el melodrama: “No es lo que tú crees, querida”. 

Pedro en las alturas

Pedro llegó a La Paz después de años de intentos frustrados de la Academia por traerlo. María Galindo (Mujeres Creando) lo logró en marzo de 2012. Vestido de negro, envuelto en una bufanda de Diva sesentona, cubierto por gafas oscuras y un pañuelo en la cabeza, Pedro leyó algunas crónicas, conversó generosamente con la gente que lo trajo y sentado al lado de un jugo de papaya escuchó las preguntas que María Galindo le hizo -o intentó hacerle- en una entrevista en vivo y con público en la Virgen de los Deseos. Pedro, quien sabe esperando algún dardo por ahí, terminó totalmente relajado, casi indiferente. Es más, lo dijo: esperaba otra cosa. Porque si una entrevista comienza pidiendo a Pedro Lemebel ser delator (del mundo masculino), se va todo al carajo. Las provocaciones de Galindo resultaron burdas, su lenguaje grosero (así lo dijo él), pero sobre todo fue el discurso maniqueo del hombre malvado y la mujer ultrajada lo que ahogó una charla que prometía. Pedro sorprendió, sí. Porque no le hizo el coro a esa mujer furibunda que es María y que, como él, hizo de su cuerpo el texto mismo de su discurso revoltoso. Pedro -lo dijo también- optó por la estrategia del débil: usar a su favor las herramientas del poder. María también. La diferencia fue/es el gesto. Pedro se metió al bolsillo a la Academia, a los pitucos y al poder. Será que Pedro siempre supo hacer el amor de muchas maneras. 

Pedro, mil veces Pedro, Yegua del Apocalipsis. 



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