La Barbarella


No es fácil amar a este país. Digo, amarlo en serio. Porque la fotografía de postal es otra cosa. Y el enamoramiento a la moda del etnocentrismo presidencial también. Para amar Bolivia hay que palparla como hacen los ciegos con la superficie rugosa.
No he viajado todo lo que quisiera pero creo que suficiente como para sentir que vivo este país milímetro a milímetro y gota a gota. Será porque mi padre me enseñó a conocerlo desde niña y para eso no sólo vivimos en varios sitios sino que viajamos de rincón en rincón en una camioneta americana roja, vieja, gorda y techada con carpa de plástico negro. Eso sí, coqueta. Muy a su estilo, mi viejo la llamó “Barbarella”. Cuánta tierra comí montada sobre el colchón que mi papá puso en esa carrocería para aliviar el traqueteo. Cuántos ríos crucé con el agua hasta la cintura misma de la voluminosa Barbarella. Años después me contaron que alguna vez las aguas del turbión estuvieron a punto de arrastrarnos y yo, que tenía como diez años, sólo recuerdo el susto.
Pocos años después, yo con 14 y mi hermano con 15 años, viajamos solos al Brasil. Supongo que la idea de mi viejo era que debíamos aprender. Así es que solos, librados a nuestra suerte, sin mayores indicaciones que un par de números telefónicos en Belo Horizonte, atravesamos el país de este a oeste en flota y tren y bus y tren y así…
Otros tantos años más tarde, algunos viajes ya en soledad me llevarían por otros rumbos.
Ahora, casi 30 años después, desandé las rutas del sur de la vieja Barbarella. Fue como mirar un viejo álbum familiar. Qué maravilla y qué nostalgia. Uno es de donde quiere y este tiempo me he sentido de tantos lugares. En todo caso, una parte de mi corazón está, sin duda, en Tupiza. Amo este país tan inmensamente rico, tan cabrónicamente miserable, tan intensamente vivo.
Pero este recorrido comenzó por el norte. Tuve la suerte de hacerlo en parte en avioneta. Desde el aire, la Amazonía es simplemente maravillosa y todas las canciones que la cantan son ciertas, incluida esa que dice que cuando dios hizo el paraíso pensó en América.


La noche más oscura del mundo





Lo último que recuerdo es la tele en portugués. Habíamos cenado la carne de una vaquilla tiernita (que allí llaman “mamona”) sacrificada especialmente aquella tarde para esperarnos. Fue un churrasco nocturno bajo el árbol grande que escolta la casa blanca por la derecha. Aparecieron los mosquitos y acabamos todos adentro, alrededor de una mesa grande, frente al televisor vetusto sintonizado en la telenovela brasileña de la red O Globo. Un verdadero lujo sólo posible gracias a una antena que desde el patio apunta al noreste y a un motor de luz que se enciende según la necesidad, normalmente por la noche para ver la telenovela. El resto es campo y monte sinfín. Por eso, cuando se apaga el motor y se va la luz, lo único que queda es la noche en estado puro, inmensa y oscura como la boca del lobo.

Abrí los ojos y parpadeé una y otra vez. No veía nada. Nada. Nada. Es como estar bajo la tierra, o en medio del espacio infinito, o flotando en un agujero negro. Qué extraño porque no estás muerto, respiras y el aire es puro, y la sensación es maravillosa. Porque sólo entonces te das cuenta que estás en medio de la nada. Que eres un microscópico ser en medio del universo infinito.

Supongo que es por el contraste. Del verde más intenso al negro absoluto. Porque a la estancia de don Humberto sólo es posible llegar por aire si puedes, por río en canoa luego de un día y medio de viaje y luego a pie, o por tierra alguna vez si el camino te permite en época seca. Nosotros, que filmamos un documental, lo hicimos por aire. Y desde allí la Amazonía es impactante porque la sensación de inmensidad es inevitable. Miras abajo y piensas cuán grande es este país, cuán deshabitado y cuán olvidado. Desde el aire, esta parte del mundo es monte verde por donde mires y sin parar, kilómetros de kilómetros . Allí abajo no cabe ni una hoja más al lado de la otra. Están todas las hojas del mundo.


Allí abajo vive este señor de ochenta y tantos años, delgado y ágil, que habitualmente calza un par de botas de goma y otro par de lentes como culo de botella. Don Humberto Coelho no para de hablar. Tiene mucho trabajo porque cada día inventa los modos de vivir con agua potable, de llevar diesel hasta ese lugar perdido del mapa para alimentar el motor que un día compró para tener luz por las noches y mirar la telenovela. De hecho, me gusta imaginar que el día en que le instalaron la antena parabólica apuntando al Brasil fue por puro desdén. Y él, Coelho como el resto de sus antepasados, ni siquiera reparó en que veía la tele en portugués porque su abuelo hablaba igual.




Hijo de migrantes portugueses que trabajaron la tierra y parieron hijos y nietos benianos, don Humberto vive hoy sus últimos años dejando a los suyos la cría de ganado como modo de subsistencia tradicional de esa cultura particular, pero que los intereses políticos criminalizaron, metiendo a todos en el mismo saco.
Corruptelas políticas aparte, cuando uno mira la inmensidad del territorio amazónico boliviano desde el aire (y la historia reciente) piensa por qué habiendo tanto campo, aquél que no tiene desea justamente el pedazo de tierra que ya está trabajado y que a tantos Humbertos costó cien años de soledad.
Por eso don Humberto, que no votó en el último referéndum porque desde el fin del mundo las ánforas quedan muy lejos y la tele es en portugués, no sólo no entiende lo que manda la Nueva Constitución, sino que en la inmensidad de la Amazonía donde la presencia del Estado fue siempre nula, él cree, siguiendo su memoria de niño que ignora las dimensiones del tiempo y el espacio, que allí no llegará nadie a quitarle nada. Sus hijos le advierten con pena. Don Humberto suspira y desde el fondo de sus anteojos de tres centímetros de espesor mira al otro lado del río la estancia que un día su padre bautizó como “Viva Bolivia”. José Arcadio Buendía ni siquiera sospecha que Macondo está en el ojo de la tormenta.

Comentarios

Pablo Rivero ha dicho que…
Este blog está entre 'los que leo'. Lo justo y preciso sería que esté entre 'los que sigo'. Pero seguramente sería un imperativo si existiera la categoría 'los que me fascinan'!
Muy lindos posts!
Churiquis ha dicho que…
Hola:

A pesar de las lecturas de la prensa por internet, siento que deje de percibir a mi patria desde que parti hace algunos años. Es dificil entender el contexto si no estas presente y el destino me trajo a un lugar donde no tuve la oportunidad de conocer mas compatriotas. Asi que mi Bolivia se convirtio en una referencia de nostalgias, recuerdos y cariños.

Por eso, tus palabras me recordaron, con mucha pasión y sinceridad, muchas cosas que pensaba y no decia sobre nuestra tierra.

Gracias por eso..

Sobre la Barbarella, en mi casa tuvimos a "Tomas", un Studebacker que nos acompaño durante la infancia. De Tomas solo recuerdo la musica que nos ponia mi padre mientras viajabamos...Pink Floyd, Deep Purple, Led Zeppelin, musica de su generación que tambien marco la mia. Un verdadero contraste generacional.

Siguiendo la tradición, ahora yo tengo a la "Felina", bonito motorizado que me acompaña en mis viajes y aventuras.

Mira que la vida no tiene secretos...hoy somos nuestros padres.

Saludos desde aca.

Sove

http://churiqui.blogspot.com/
Puba ha dicho que…
Barbarella, no es fácil amar este blog. En serio. Con tanto papá-presidencial bajo la lupa.
Cecilia Lanza Lobo ha dicho que…
Puba, sí. Todos tenemos nuestros duelos y nuestros demonios. Me tomó demasiado. Ya estoy de vuelta.
Cecilia Lanza Lobo ha dicho que…
Churiquis, tarde pero respondo. Lindas tus historias. Me gustan los nombres y la música !
Cecilia Lanza Lobo ha dicho que…
Pablo, lamento años de ausencia. No te pierdas.

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