Los novios de la muerte







Hoy, que recordamos 32 años de la última dictadura militar boliviana, rescato este texto y añado un enlace. Porque los tocayos, hermanados por la historia, casi gemelos, casi siameses en la memoria colectiva, Luis García Meza y Luis Arce están viejos y encarcelados. Y allí en Chochocoro, la cárcel de máxima seguridad, pelean como dos compadres octogenarios que a estas alturas, ya no se soportan. El uno culpa al otro de su desgracia.
Escribo el guión una película que contará los últimos días de la dictadura de Luis García Meza. Por eso y por aquellas obsesiones que todos tenemos, esta historia me la conozco zambullida en cientos de textos y testimonios de unos y otros en 32 años de memoria. Por eso creo que ahora que Luis García Meza está viejo y algo sosegado dice casi toda la verdad. El general no tiene nada que perder.

http://www.eldeber.com.bo/Expresidente-de-facto-de-Bolivia-Banzer-y-Arce-Gomez-fueron-a-la-COB-a-matar-a-Marcelo/120717160621


Los novios de la muerte

Coqueteaba con ella hasta el borde, hasta el límite mismo previo al éxtasis. La propia muerte. La posesión de la novia. Pero ese noviazgo encarnó tantas veces que se hizo cuerpo y sangre. Nada de vainas ficcionales. En vez de muñecos de trapo él traía perros para que la muerte no sólo fuese más real sino más próxima. Para que en tu siguiente cita con ella no te tiemblen las manos. Por eso, llamar “loco” a este galán resulta casi una vulgaridad. Dicen que finalmente le reventó alguna vena en el cerebro y hoy está solo, sordo y casi ciego. Luis Arce Gómez se pudre. Su novia, la muerte, le sigue el juego. Tal para cual. Su tocayo Luis García Meza visita cada vez más a menudo una cama de hospital. Triste, ingrato final.

Porque hace 30 años, ellos tenían todo el poder. Todo. Porque la novia suya, complaciente con sus groserías, les dio como regalo de bienvenida al Palacio de Gobierno, nada menos que la vida de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Golosa, luego fueron 500 vidas más. Y ese no es un número, son paramiltares que te voltean la puerta de una patada y disparan a quemarropa y te encuentran y te tiran al piso, te golpean, te abusan, te ultrajan, te quitan la vida. Esa novia no viste de blanco.

Qué afán el nuestro, en América Latina. Los tiranos nos persiguen. Desde los centroamericanos Tiburcio Carías, Carlos Castillo, los Somoza y Leónidas Trujillo, hasta Stroessner, Videla, Pérez Jiménez, Pinochet y nuestra larga lista donde destacan, el último cuarto de siglo, Hugo Bánzer y Luis García Meza. Quién les diría que eran los “padres de la patria”. Es que no conocían de equidades porque el lenguaje entonces era otro y esa paternidad de semental les otorgaba por la fuerza el derecho que la razón o el cariño les negaban. Aún así, ese poder era inseguro de su virilidad. Por eso apelaba además a la palabra disfrazada de título como garantía de nobleza dictatorial. El caso de Trujillo es elocuente:
                                                   
“Benefactor de la Patria; Primer y más grande de los Jefes de Estado Dominicanos; Restaurador de la Independencia Financiera; Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas; Padre de la Nueva Patria; Leal y Noble Campeón de la Paz Mundial; Principal Protector de la Cultura Dominicana; Máximo Protector de la Clase Trabajadora Dominicana”.

Difícil igualarlo pero no imposible. García Meza, digo yo, era simplemente la Santísima Trinidad (Presidente de la República y Capitán General de las Fuerzas Armadas, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y Comandante del Ejército).

Pero la desgracia llegó demasiado pronto, a juzgar por los deseos del dictador que había pretendido 20 años de poder. A menos de un año de su gobierno, Luis García Meza se fue. Lo echaron sus propios camaradas y por si fuera poco atestiguaron en su contra en el juicio de responsabilidades que lo llevó 30 años a prisión. Por eso su completa orfandad, a diferencia por ejemplo de su colega chileno Augusto que zafó con la complicidad de las Fuerzas Armadas y finalmente socorrido por esa novia en común que, extraordinariamente generosa con él y su cofrade boliviano Hugo Banzer, hizo más bien de ángel de la guarda hasta la muerte.

Por eso Luis García Meza decidió recuperar la memoria que durante el juicio de responsabilidades había perdido. Porque mientras creyó que la complicidad de las Fuerzas Armadas era posible, evitó delatar a sus camaradas y aguardó –macho- un rescate que nunca llegó. Decepcionado, quiso hablar. Y lo hizo en ese limbo donde se embrollan verdad, mentira, revancha, impotencia, pena y dolor. Porque es fácil decir que todo lo que dijo luego vino de un reo rematado y no creerle. Pero más allá de la calumnia, la infamia o el absurdo, está su verdad. Pena. No porque el lodo de sus palabras salpicara a los justos sino al revés: porque con ellos, juntos y revueltos, se redimen los pecadores.

Lo que queda hoy es el desecho de las ráfagas inaugurales del 17 de julio de 1980. Las garrapatas, esos seres poco visibles y anónimos que acompañaron al dictador, agonizan también porque la sangre se agota y los novios de la muerte se han cansado de esa carga. Hoy, sordos y ciegos, esperan a esa dama en soledad. Triste, ingrato final.

Este texto forma parte del libro Los años del descalabro, Gente Común, La Paz, 2010

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