Fut-bolero

Nunca fui fanática del fútbol pero en la década del 90, entre Argentina y Brasil, me gustaban los brasileños. Seguramente pensaba en sus telenovelas, en la playa, en Jorge Amado y Caetano Veloso. Es más, recuerdo haber llorado alguna derrota brasileña ante los gauchos que festejaban como insultando. Poco después cambié de bando. Todas mis razones son ciertamente extra futbolísticas y melodramáticas.
La primera fue una cuestión digamos de identidad y de identificación con los débiles del mundo. Qué tal. En 1990 se jugó en Italia la final de la copa mundial. Argentina se enfrentaba a Alemania. Ningún escéptico del planeta escapaba a una batalla tal. Menos yo. Porque como suele suceder con los apasionamientos, se trataba de una pulseta entre latinoamericanos tercermundistas y europeos top miembros del G-7. Bueno, esa era mi telenovela personal. Ganó Alemania. Y en La Paz festejaron la victoria germana los changos del colegio alemán, sus amigos y los anti argentinos. El efecto fue inmediato. Desde entonces voy por Argentina sin dejar de disfrutar la música brasileña de Veloso o Andriana Calcanhoto.
Porque a partir de entonces comencé a mirar cómo los gauchos daban la cara por este pinche continente con demasiada frecuencia (no sólo en el fútbol). Y su afamada antipatía se fue relativizando. Porque para enfrentar a Goliat, además de portar un buen par de cojones, tenés que agrandarte y hablarle de tú a tú. Entonces comprendí también que la arrogancia argentina pasaba precisamente por un complejo. Mi teoría se ratificó cuando durante un año viví con una salteña, digo, argentina de la provincia de Salta, al norte de la capital, Buenos Aires, el hoyo del queque porteño porque se parece a Europa. Es más, mi amiga salteña sufría el doble complejo del 60% de los argentinos que no viven en la capital: no sólo no era europea sino que al ser “del interior”, no era siquiera completamente argentina.
Otros años más tarde, mi teoría del complejo también se relativizó. Porque nadie tiene así nomás a Gardel, Borges, Cortázar, Roberto Arlt, Mario Bunge, Ernesto Laclau, Enrique Dussel, Beatriz Sarlo, Eloy Martínez, García Canclini, Charly García, Fito Páez o Les Luthiers. Bastó con mirar un poco al periodista Jorge Lanata en la tv, o escuchar al ciudadano argentino de a pie, y comprobar con datos que Argentina, junto con Uruguay (que es lo mismo) tienen la más alta calidad educativa en América Latina. Entonces puse a Tinelli y Maradona en otra categoría: la del espectáculo mediático. Ese escenario idolatrero necesario para asegurar la grandeza del país de Perón pero también la distancia del complejo tercermundista. Pero otorgué a Maradona, apenada y tolerante, la responsabilidad de cargar sobre sus espaldas a la Argentina provinciana (60% no es poco país) necesitada de ídolos que los distancien años luz de este continente. ¡Ídolo¡
El año pasado leí ese extraordinario libro de Martín Caparrós, “El interior”, y no sólo compartí mi teoría sino que supe en su relato cuánto de Bolivia hay en Argentina. Cuánto pudo ese país reducirse a Buenos Aires. Finalmente, hace un par de meses estuve en la frontera Villazón – La Quiaca para comprobar yo misma el maltrato hacia los bolitas, menospreciados a causa del complejo. Pensé en Caparrós, disculpando a sus paisanos. Hoy agradezco a Maradona la derrota frente a Bolivia. Nos regaló 6 alegrías y se develó mortal. Mi opción por Argentina no cambia. Mañana saldrá de nuevo a dar la cara por nosotros, latinoamericanos. Y si pierde volveré a llorar mi novela fut-bolera.
La primera fue una cuestión digamos de identidad y de identificación con los débiles del mundo. Qué tal. En 1990 se jugó en Italia la final de la copa mundial. Argentina se enfrentaba a Alemania. Ningún escéptico del planeta escapaba a una batalla tal. Menos yo. Porque como suele suceder con los apasionamientos, se trataba de una pulseta entre latinoamericanos tercermundistas y europeos top miembros del G-7. Bueno, esa era mi telenovela personal. Ganó Alemania. Y en La Paz festejaron la victoria germana los changos del colegio alemán, sus amigos y los anti argentinos. El efecto fue inmediato. Desde entonces voy por Argentina sin dejar de disfrutar la música brasileña de Veloso o Andriana Calcanhoto.
Porque a partir de entonces comencé a mirar cómo los gauchos daban la cara por este pinche continente con demasiada frecuencia (no sólo en el fútbol). Y su afamada antipatía se fue relativizando. Porque para enfrentar a Goliat, además de portar un buen par de cojones, tenés que agrandarte y hablarle de tú a tú. Entonces comprendí también que la arrogancia argentina pasaba precisamente por un complejo. Mi teoría se ratificó cuando durante un año viví con una salteña, digo, argentina de la provincia de Salta, al norte de la capital, Buenos Aires, el hoyo del queque porteño porque se parece a Europa. Es más, mi amiga salteña sufría el doble complejo del 60% de los argentinos que no viven en la capital: no sólo no era europea sino que al ser “del interior”, no era siquiera completamente argentina.
Otros años más tarde, mi teoría del complejo también se relativizó. Porque nadie tiene así nomás a Gardel, Borges, Cortázar, Roberto Arlt, Mario Bunge, Ernesto Laclau, Enrique Dussel, Beatriz Sarlo, Eloy Martínez, García Canclini, Charly García, Fito Páez o Les Luthiers. Bastó con mirar un poco al periodista Jorge Lanata en la tv, o escuchar al ciudadano argentino de a pie, y comprobar con datos que Argentina, junto con Uruguay (que es lo mismo) tienen la más alta calidad educativa en América Latina. Entonces puse a Tinelli y Maradona en otra categoría: la del espectáculo mediático. Ese escenario idolatrero necesario para asegurar la grandeza del país de Perón pero también la distancia del complejo tercermundista. Pero otorgué a Maradona, apenada y tolerante, la responsabilidad de cargar sobre sus espaldas a la Argentina provinciana (60% no es poco país) necesitada de ídolos que los distancien años luz de este continente. ¡Ídolo¡
El año pasado leí ese extraordinario libro de Martín Caparrós, “El interior”, y no sólo compartí mi teoría sino que supe en su relato cuánto de Bolivia hay en Argentina. Cuánto pudo ese país reducirse a Buenos Aires. Finalmente, hace un par de meses estuve en la frontera Villazón – La Quiaca para comprobar yo misma el maltrato hacia los bolitas, menospreciados a causa del complejo. Pensé en Caparrós, disculpando a sus paisanos. Hoy agradezco a Maradona la derrota frente a Bolivia. Nos regaló 6 alegrías y se develó mortal. Mi opción por Argentina no cambia. Mañana saldrá de nuevo a dar la cara por nosotros, latinoamericanos. Y si pierde volveré a llorar mi novela fut-bolera.
Comentarios
Quién sabe y mi generación sea la última en hablar más o menos cómoda de lo latinoamericano.
Saludos,
Sin embrago, para mi también, el fútbol tiene sabores y presencias. Es un espacio en el que está prohibido pensar mucho, porque personalmente es una instancia emocional, casi hormonal e histérica.
Así como el Bolivar siempre será mi equipo, jamás podré hacer barra por Argentina y, mucho menos por Maradona. Comparto tu análisis de los traumas y de los complejos y, por eso, con ser Boliviana y tener que bancarnos los nuestros propios (que ya dan para diez vidas), prefiero no lidiar mentalmente con el histrionismo y las excusas y la soberbia y el drama argentino. Hay otros latinos y juegan tranquilos, sin psicología social de por medio.