La elegida




La madrugada del 28 de enero de 2010, Justa Elena Canaviri Choque se levantó de golpe. Los dolores que había sentido en sus codos 15 días antes confirmaron la sospecha y la desgracia. Va a haber un movimiento de tierra, dijo, y nadie le creyó. La Justa nació a las 13 horas del 13 de agosto del 63. Tras sacudirla dentro del aguayo en su ceremonia de bautizo, su abuelo quiso que le cambiaran la fecha de nacimiento, pero cuando su padre fue a cumplir la orden, el notario se lo impidió. El destino estaba marcado. Ella era la elegida.

“Cosas de Dios nomás”, dice ahora la Justa, a sus 48 años, mientras nos muestra lo que queda de su vivienda y recuerda cómo la casa detrás de la suya cayó estrepitosamente al lado contrario y desafiando las leyes físicas dejó la suya en pie. Era la madrugada del 28 de enero en la zona de Huanu Huanuni en La Paz cuando el cerro se vino abajo y dejó 47 moradas bajo tierra. A las 3 o 4 de la mañana, ya no recuerda bien, la Justa vio a su madre allá afuera, de rodillas y como en trance. Había salido a botar basura junto a su hermana, que luego fue internada en el psiquiátrico por la impresión del desastre. El cerro se desplomaba y ellas mudas. El susto las dejó sin habla y sin alma.

Pero la casa no colapsó. Por eso todavía es posible salvarla y esta mañana de domingo, el único momento que encuentra disponible, la Justa tiene cita con la arquitecta. Está empeñada en reconstruir su vivienda a pesar del costo y de sus reproches, porque en plena desgracia algunos vecinos saquearon todo lo que pudieron: desde ropa, muebles y computadoras hasta ventanas, cañerías y portones. Ya recuperó una baranda y el portón principal. El resto es un caos que no le impide, sin embargo, estar elegantemente vestida, pisando retazos de madera, cal, cemento y barro.

Uno diría, robándole sus propias palabras, que la Justa es una chola alzada. Citadina. Así define ella a su madre, Filomena, una sandwichera muy conocida en el “poderoso barrio de Poto Poto” –dice ella-, en Miraflores. Educada con monjas y en familia de españoles, aprendió a hacer los mejores embutidos de la época o al menos de la zona. Ella era la que ganaba, contaba y administraba el dinero de la familia. “Creo que eso he aprendido. No me gusta que nadie decida sobre lo que hago”, cuenta moviendo discretamente las manos.

El caso es que la Justa heredó el matriarcado además del cuerpo robusto y los ojos diminutos de su madre, pero sobre todo el ñeque (fuerza, ahínco), la buena mano para la cocina y el buen gusto en el vestir. “Mi madre es de las que usaba rebozo y manta de vicuña encima, le gusta engalanarse. Es de las que lucía talonera con rayita negra en sus medias. Hacía traer telas del Brasil a su pollerera. No me voy a vestir pues como las otras, decía”.

Lo mismo que seguramente piensa ella cada mañana, a las ocho en punto, frente al espejo, cuando se alista para estar ante las pantallas de Bolivia TV. No se cambia para su público, no tiene tiempo, justifica, pero la Justa está siempre bien vestida y me lo demuestra enseñándome una a una las piezas del atuendo que lleva ahora mismo: combinado todo en azul, desde los zapatos con bordado de ese color, la pollera de tela algo sedosa y transparente diseñada por ella misma igual que la manta (ésta en un tono menos fuerte), hasta los centros (enaguas) que ni se ven pero que también combinan; son celeste aguado. Es más, su nueva empresa es de ropa y ya comenzó a diseñar mantas de cuero que luce especialmente en ámbitos diplomáticos donde la invitan con frecuencia. “A embajadas me voy a lucir para que los extranjeros vean que sabemos aprovechar nuestros recursos”, cuenta con aire de suficiencia. Y remata explicando que usar polleras es una opción. “Es como si nacieras en Bolivia pero te vas a los Estados Unidos y decides ser ciudadana norteamericana. Es una decisión que tomas en la vida, en este caso para ser más boliviana, para decir yo vengo de este lugarcito y me identifico con esta gente. Quiero mostrar lo que somos, lo que podemos hacer. Es una decisión y una responsabilidad lo de llevar pollera”. Afuera, en la calle del barrio de Huanu Huanuni ladra un perro y la tienda comienza a llenarse de gente. Me sorprende que su celular no haya timbrado todavía. Entonces, seguimos.

La jailaf

Decisión y responsabilidad. Ésas parecen ser las palabras que se acoplan a su nombre y guían su vida, aunque habría que añadir el desafío. Porque si algo la impulsa es que la reten o le digan que no puede hacer algo. Por eso mismo, una vez, la Justa se lanzó de un helicóptero en paracaídas. Quería mostrar el “ñeque” boliviano: profesiones, oficios y demás cosas que hace la gente. Como es una convencida de que hay que vivir y sentir para saber, sólo bastó que un hombre dudara de su valor para que ella se lanzara al vacío. “A mí no me hablen de pobreza, de conflictos, de sexo o violencia si no saben, si no han sentido el dolor del hambre. No soy la Madre Teresa, pero puedo hablar de lo que he vivido”, dice ahora subiendo el volumen de su voz, porque la Justa se calienta rápido. “Tengo un carácter que sólo yo me entiendo”, explica luego.

De pronto, sus ojos diminutos se abren y brillan. Se recuerda a sí misma y se gusta a los 9 años, cuando estudiaba en el poderoso colegio Dora Smith. “He tenido mucho roce con la jailaf (highlife)”, suspira, porque tenía las mismas profesoras que el colegio privado Saint Andrews, uno de los más prestigiosos de la Zona Sur. Ella era la consentida porque jugaba baloncesto como ninguna. Y es que su padre, Ambrosio Canaviri Machaca, oriundo de Huachacalla en Oruro, un lugar casi perdido en el mapa, inhóspito y sembrado de paja y de yareta, fue el fundador de un aguerrido equipo femenino de básket al que, por esas cosas de la memoria y la revancha, llamó “Oasis”. Tres veces campeón en su categoría.

Don Ambrosio era “el portero del estadio Obrero”, cargo prestigioso de este reconocido caballero cuyas hijas tenían la obligación de velar por su buen nombre. Pero ése no fue obstáculo para que la Justa lo desafiara el día que éste decidió no incluirla en el Oasis debido a su juventud. Ni corta ni perezosa, desafiante, ella fundó su propio club: el “Camargo City”. “Había chicas de Camargo y con el nombre las convencí de que se unieran. Estábamos en la cola del campeonato ¡pero estábamos!”, cuenta ahora desbordando picardía, recordando cómo se llenaba la cancha cuando se enfrentaban el Oasis y el Camargo City, sólo por verla a ella.

De pronto, ahora que lo piensa, sus ojos se llenan de lágrimas. Porque siempre creyó que su padre consentía a sus hermanas dándoles todo. Para ella, en cambio, la cosa era con trabajo y esfuerzo. Y cuando se quejaba, su padre la miraba callado. Sólo ahora que él ya no está, se convence de que aquello tenía una razón. Ella era, desde siempre, la elegida.

El destino

“Papitos y mamitas, aquí la verdura, del productor al consumidor, directo desde el lugarcito de donde sale”, fueron las palabras mágicas que la llevaron a la televisión en 1999, como presentadora de un programa llamado “La cancha”. Desde entonces la Justa no ha parado. Aún recuerda el t´istapi (la tembladera con susto) que le dio esa primera vez que estuvo agarrada de un micrófono, frente a las cámaras. Pero resulta casi imposible creerle cuando dice que todavía siente un cosquilleo en el estómago cada vez que comienza su programa.

Son las diez de la mañana del lunes y ella ya está en el canal estatal, donde empezó. Aclara que se fue de PAT, un canal privado, cuando la nueva administración quiso relegarla a un sector de cocina como si fuese “la empleadita”. “A mí nadie me bota”, dice. Y con razón. Ella es una mujer reconocida y se lo ha ganado a pulso. Por eso, cada vez que ingresa a las oficinas de Bolivia TV se tiende una alfombra roja invisible.

En el pasillo estrecho del vetusto edificio, en la puerta misma donde se graba “La Justa”, una fila de gente espera su turno, apoyada sobre una pared manchada. Parece un consultorio médico o quizás, mejor, uno de esos lugares donde uno acude en busca de un milagro o para que le lean la suerte. El estudio es un espacio insuficiente con las puertas abiertas, como si fuese la sala de una casa cualquiera. No hay demasiada parafernalia. Una joven asistente anota en el pasillo el motivo de la visita de los invitados: ¿Usted, de qué hablará? ¿Y usted, a qué viene? ¿Papa-nico-qué? ¿Cómo se escribe? ¡Ah!... ya.

Mientras tanto, sentada en un sillón naranja que por fortuna esta vez combina con su traje color café –pollera de motas atigradas, manta beige con bordados cafés, centros y zapatos perfectamente combinados con la pollera–, la Justa discute acaloradamente con los miembros de su equipo porque acaban de desafiarla a criticar publicamente a un grupo de folkloristas que compusieron una saya por encargo de bailarines peruanos. Algo que, para ella, es poco menos que una traición a la patria. Pero antes de que el asunto vaya demasiado lejos, la Justa da por terminada la discusión con una alharaca. “¡Es que yo las tengo bien puestas, papito!”, exclama.

Eso sucede durante la pausa, cuando la Justa se relaja, cuando junto a sus amigos da rienda suelda a su lenguaje siempre bien condimentado. Porque cuando quiere, la Justa es bien hualaycha (pícara, traviesa). Y entonces se mueve, se agacha, se ríe y suelta una que otra palabrota. Así alivia un poco el peso de ser el pilar fundamental de su familia. Eso le frunce el ceño. Porque ni de su padre esperaban aprobación sus hermanos como de ella. La elegida es hasta hoy la matriarca.

Este lunes la Justa está un poco resfriada y cada dos por tres se seca los labios con un clínex, así es que su productor decide cuidarla y hace trabajar más a los otros conductores. A ratos, la Justa se recluye en un rincón, lejos del barullo, y se toma un mate mirando lo que sucede en su propio escenario que parece funcionar a control remoto, con su mera presencia.

Ella no sabe que yo sé que las noches que puede se va a buscar a los chicos de la calle para darles comida o dinero. Luego me dirá que cuando no hay robos ni asaltos entre la Eguino y San Francisco es porque ella estuvo allí antes. Me confesará que lo único que teme es que Dios se la lleve antes de tiempo, como dice la canción, sin haber hecho lo suficiente. “Me he vuelto necesaria para mí misma”, reflexiona ahora, porque todavía tiene mucho por hacer y su límite es, como todo en su vida, el pretexto perfecto para afrontar un nuevo reto. Porque la Justa es como su casa, una metáfora de sí misma: siempre de pie ante la desgracia.


Crónica publicada en la revista Pie Izquierdo No. 3/ La Paz / Fotografías: Alex Ayala


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