CRÓNICA / San Jailón. Un santo con clase en las tierras del narco

HORA BOLIVIANA / PÁGINA SIETE


Héctor Monsón Choquetito murió de mala manera. 

Él, que cuidaba tanto las formas y se había pasado media vida prediciendo el destino de los demás, no supo lo que sucedería la madrugada del 15 de marzo del año 2008 cuando comenzó su ascenso definitivo.

Fue entre las cuatro y las cinco de la mañana, nadie sabe bien. La noche, caliente y húmeda, no se animaba a amanecer. Sólo se oía el ulular ronco y pesado de los camiones, buses y automóviles que pasaban por la carretera de rato en rato. Sólo pasó por ahí el dueño del alojamiento Concordia, ese que tiene su puesto de celulares, ese que cruzó en su auto deportivo negro justo después del accidente pero siguió de largo. Doña Sara sabe de oídas o no quiere saber. Esa historia ni le va ni le viene. Tal vez porque aquella madrugada el finado salía del prostíbulo vecino, no del suyo, a pocos metros del lugar del siniestro. “Venía desde el otro lado”, miente Sara con cara de desgano, señalando con un gesto hacia Shinahota, uno de los pequeños poblados que se extienden a lo largo de la carretera que une las ciudades de Santa Cruz y Cochabamba y que forman parte del Chapare, la región cocalera por excelencia, en el corazón mismo de Bolivia. Sara vive en Chimoré, el pueblo vecino a Shinahota. Dicen que desde allí hacia Santa Cruz comienzan las k`encha calles como las llaman sus pobladores, en quechua, cuya traducción es “calles de la perdición” donde abundan los prostíbulos. Hacia Villa Tunari, carretera a Cochabamba, no hay muchos porque no es buen negocio, el narco está del otro lado y hacia adentro; las k`encha calles también.

Pregunto por San Jailón y de pronto, las cuatro muchachas que trabajan para doña Sara se interesan entre risitas y pestañas engomadas, coquetas. Quizás sea porque hoy no tienen nada que hacer y están sentadas, ventilándose. Es lunes y los lunes en Chimoré impera la Ley Seca. Es su día de descanso y ellas se derraman como sea en las sillas destartaladas alrededor de una banqueta ubicada en el patio, que es a su vez el salón principal de este puticlub. Desde un rincón las acompaña San Jorge rodeado de velas rojas que arden a su ritmo. San Jorge es el santo de los amores y, al parecer, de cosas peores.

Si no fuese por las cortinas moradas que cuelgan del alambre que atraviesa el patio como telón de fondo de un escenario arrabalero, uno diría que este es un internado de señoritas algo pasadas de años y de peso. Por las mañanas, aquellas cortinas de color pío se recogen y por la noche las sueltan a modo de pared, un poco como decorado otro poco por necesidad de circo pobre. Porque detrás de las cortinas se lavan los trapos sucios. Allí hay una lavandería, baldes apilados, sillas, un refrigerador, un par de perros somnolientos y cinco filas de alambres donde tienden la ropa recién lavada. Nada nuevo salvo unas pantaletas a motas con transparencias y encajes en los lugares precisos. Todas son talla XL. La más gorda es muy joven y está contenta. Sonríe de oreja a oreja hasta que finalmente estira su mano izquierda para mostrar el anillo pequeñito y brillante que luce en el dedo anular. Sigue sonriendo, ahora con picardía. Se lo muestra presumiendo a su compañera, más joven aún, que mira sin decir nada, ni una  palabra. La que está a su lado, en cambio, habla mucho; es la mayor de todas: XL, cabello rubio teñido, simpática, morena, madre de dos hijos. Habla con solvencia y al parecer tiene ya varios trofeos en su haber: cuatro anillos de oro que superan con creces al diminuto que ostenta la muchacha joven. A doña Sara eso tampoco le va ni le viene. Mira haciendo un puchero con la boca. No conocía al finado, vuelve a mentir, aunque conocía su camioneta doble cabina “ploma ¿no?”, pregunta con flojera buscando aprobación y ellas asienten como alumnas aplicadas. Era verde. También dice lo que todos repiten: que San Jailón era arrogante.

Por lo menos es lo que dicen quienes conocieron a Héctor Monsón Choquetito. Paceño, morocho, macizo, fachoso, con aires de galán y, eso sí, hecho al “jailón”. Jailón porque andaba presumiendo los trajes que vestía en un lugar donde el calor empapa y no permite más ropa que una camiseta, un pantalón corto y un par de chinelas. Héctor, en cambio, se esmeraba y escogía: camisas rojas, azules, verdes… y pantalón blanco. Encopetado, hecho al “jailoncito”. Un petulante que se daba el lujo de comer poco. “Estaba sentado ahí, todo vestido pituquito, comiendo chicharrón o charque, no me acuerdo. Hecho al jailón, apenas picoteó un poquitito, se pidió su personal (cerveza), dos chupaditas le dio y lo dejó ahí nomás. Dijo: ‘Señora, la cuenta. Ya no más’, y se fue”. Así lo recuerda Willy, su colega. Y también doña Felicidad, la ventera de su apacheta, que recuerda que el finado se pedía unos buenos trozos de carne y decía “prefiero calidad, no cantidad”. Sumadas las piezas, “jailón” es quien viste bien, come poco y elige a sus amistades, de preferencia gente importante. Ajá.

Distinta es la definición del “jailón” de ciudad derivada del complejo de clase alta: “high”, en inglés, como metonimia de la aspiración máxima. Un adjetivo resignificado por el pueblo como “jai” cuyo gentilicio socarrón es “jailón”. Una palabra que define a una clase adinerada y algo yuppie que evade a la chusma. Jailón es, digamos, un sujeto de clase alta. Aunque lo único que Héctor Monsón Choquetito tenía alta era la pretensión de ser más que los demás.

Si San Jailón hubiese sabido jamás se hubiese dejado fotografiar con una sudadera cualquiera, esa que lo delata como hombre de carne y hueso, esa que se mira ahora como única imagen suya estampada en las placas recordatorias que reposan bajo el techo de su apacheta, al borde de la carretera entre Villa Tunari y Chimoré, en el Chapare, Cochabamba.



Es el trópico y está soleado, más tarde el cielo se vendrá abajo a baldazos. El aire es espeso, el calor se alza desde el pavimento como caldera que hierve amodorrada. De rato en rato el piso se sacude, pasan buses, camiones, minibuses y pequeñas motonetas que hacen el recorrido ida y vuelta de poblado en poblado a modo de taxi. Desde Villa Tunari hasta Shinahota, Chimoré, Ivirgarzama y Puerto Villarroel por dos bolivianos el tramo (25 ctvs. de dólar).

En Chimoré está el Rubí que tiene como estandarte un foco rojo como santo y seña que identifica a un puticlub. Antes en el lugar, los prostíbulos colocaban en la puerta un “balde rojo” para anunciarse con cierta discreción. Ya no. Porque hace rato que en el trópico cochabambino la vida alegre, la fiesta, el sexo, el dinero y el alcohol no se andan con disimulos y más bien se ostentan. Es casi una tradición desde los años 80 cuando el narcotráfico llegó a su auge apadrinado por la dictadura de Luis García Meza. En Shinahota la cocaína “estaba ahí… ¡a la vista...!”, contó alguna vez Margarita Terán, dirigente cocalera, ex compañera de Evo Morales luego involucrada ella misma en asuntos de narcotráfico y bienes malhabidos.

Acabada la dictadura en Bolivia, el año 1982, en el Chapare se vivieron dos décadas de tire y afloje más y menos dramáticos, con más y menos complicidades entre cocaleros y gobiernos democráticos apadrinados por los norteamericanos, queriendo erradicar la hoja de coca con infructuosos planes de desarrollo alternativo, muchos muertos e infinidad de bloqueos carreteros. “Eso es lo que ha cambiado en el Chapare”, contará más tarde Antonieta en su hotel de Villa Tunari: “desde que se fueron los gringos (expulsión de la DEA, 2008) ya no hay más bloqueos. Con el cato de coca para cada familia, todos están tranquilos”, dirá con sorna y las palabras cargadas porque detrás de esa postal amable la cosa está que arde. Un cato equivale a 1.600 metros cuadrados de terreno donde cultivar la hoja de hoja. Esa fue la concesión de Evo Morales para los cocaleros del Chapare que ahora se ha duplicado y extendido. Pero Antonieta asegura que si los cocales han proliferado, el comercio, los autos de lujo, las discotecas, las fiestas, los curanderos y los “baldes rojos” ¡ni qué decir…!

Al borde de la carretera, el Rubí aparenta ser una casa cualquiera bien montada, distinta a las barracas precarias que hace poco menos de una década eran sobre todo el rostro del Chapare. Ahora no. Ahora las construcciones son de ladrillo y de dos pisos. El paisaje ha cambiado evidentemente. El Rubí tiene dos pisos bien mantenidos y un jardín pelado que sirve como parqueo. Distinto al boliche de doña Sara que da directo a la calle y es un patio precario rodeado por seis cuartos diminutos y maltrechos. El Rubí es más sofisticado, tiene un salón grande con barra y espejos, piso de cemento y un par de maquinitas de juego. Aún así es clase B. Porque nada se compara con el Play Boy de las épocas de García Meza, dicen por aquí, usando la dictadura narco como medida del auge de la farándula. Clase A. “Ahí llegaban prostitutas de todo el mundo, ¡estampas de mujer!”, exclama Antonieta, lamentando ambas cosas: la presencia de “nuestras criollas nomás” en los “baldes rojos” y el “turismo chupístico” reinante en el Chapare que ha derivado en violencia de cine de horror: linchamientos, violaciones y matufias que Antonieta encuentra obvias porque “donde hay mucho dinero…”, hace un pausa que deja concluir lo que todos saben: que el dinero del narco salpica. Y por lo general, la película termina mal.

Las escenas más frecuentes han sido los robos, atracos y las violaciones que suceden a diario sin escándalo suficiente. Por aquí se ha visto de todo, incluso gente en carne viva ardiendo en llamas, aullando como perros en manos de la misma población desquiciada, desconfiada, harta y asesina ella misma, rociando gasolina a sus presas, criminales o desdichados que cayeron por error. Por aquí la carne quemada se cuenta en cifras: 13 de los 22 linchamientos sucedidos en los últimos cinco años en el trópico cochabambino ocurrieron en Ivirgarzama. Hasta la Policía tuvo que salir corriendo, no sólo porque lincharon a uno de ellos por andar extorsionando con la droga sino porque ésta sabe que su cola de paja es altamente inflamable.

Demasiado desmadre llevó a organizar la Primera Cumbre Regional de Seguridad Ciudadana de donde salió la decisión de declarar “una especie de estado de sitio civil” en Chimoré, limitando los horarios de atención en los bares, restaurantes y “centros nocturnos”. Las autoridades ofrecieron aumentar 20 policías a los 120 que hay en toda la región que suma más de 170 mil habitantes (censo de 2012). Eso sí parece un chiste.

Ivirgarzama, donde sucedieron gran parte de los linchamientos, es la población más pequeña, considerada zona turística pero con demasiados sobresaltos vinculados a la coca ilegal. Su crecimiento en los últimos años se puede advertir en el enorme movimiento comercial que se mira particularmente los domingos cuando se instala un gran mercado de venta de automóviles donde se encuentran desde los minibuses llamados “surubís”, que son el transporte de pasajeros más frecuente entre Cochabamba y el Chapare, hasta vagonetas de lujo tipo Galaxy o los buses Coaster chinos marca Changan de 26 asientos con motor a gas y gasolina y capacidad para ¡varios tanques de combustible! ¿Combustible? ¿ese que se usa en la elaboración de la cocaína? Sí, ese mismo. Vagonetas Hummer también hay pero esas son peso pesado y están al otro lado, hacia Eterazama, en la zona roja del narco conocido.

A pesar de todo, la jarana sigue y crece al amparo de las mejores intenciones de la oferta turística que acaba camuflando quién sabe qué. Los servicios de amplificación y conjuntos musicales abundan y se extienden a lo largo de todo el camino desde Cochabamba hacia el Chapare (160 kms.) en pequeños letreros que resultan insignificantes frente a la llegada de, por ejemplo, Los Kjarkas, el grupo folklórico más popular del país. Más aún. El Nene Malo, de Argentina, anunció su llegada cantando el cho-cho-cho:

“Dónde están las nenas malas, dónde están las chicas que se portan mal, porque esta noche les vamos a dar el cho-cho-cho…”

Una cumbia villera tan exitosa que aparecieron impostores en Perú y Bolivia. Los gauchos, furiosos, cancelaron su sonado arribo al Chapare y ahora el empresario les metió juicio. Nadie en el trópico sabe cómo se recupera tanta inversión con sólo público local y entradas de 120 pesos (unos 17 dólares). Sólo sospechan malpensando.
Pero la jarana más populachera, aquella de los usos y costumbres del sagrado viernes, como la coca misma, no se erradica así nomás. Por eso la Ley Seca de los lunes fue necesaria. A no ser que a santo de San Jailón te vayas a su apacheta a seguir farreando.


La llaman así: apacheta. Santuario le queda grande. Es una superficie de cemento de dos por tres donde los amigos y creyentes de San Jailón armaron un pequeño altar con el Cristo de la Concordia en el centro, dos ángeles que lo escoltan, un espacio en la base para poner las velas a arder y dos lápidas pequeñas. Una de mármol blanco que trajo su mujer y otra de mármol negro que puso don Justo Tejerina:

“Jailoncito: Gracias por el favor y los milagros recibidos y cumpliendo la promesa que te prometí. JT y familia”.

Don Justo Tejerina donó la cruz y las cerámicas. Y no es para menos. Porque el día que la dueña del edificio donde alquilaba él su tienda de abarrotes le comunicó que vendería el inmueble y que por tanto tendría que desocupar el local, don Justo no fue a la iglesia. Corrió a la carretera a rezar a San Jailón. Le pidió sus buenos oficios para que el banco afloje un préstamo de tanta urgencia que tuviese calidad de milagro, y sucedió. Esa misma tarde su préstamo fue aprobado y, más aún, ni él mismo se explica cómo los propios funcionarios del banco le llevaron el dinero a su tienda. Don Justo es ahora el nuevo propietario del inmueble. Comerciante. Una categoría predominante en toda la región.

El caso es que si San Jailón mirase su apacheta se volvería a morir porque desde el año pasado allí han sucedido dos cosas: la primera es que el techo de calamina se ha extendido hacia la parte trasera donde se celebra al Santo bebiendo y pijchando (mascando coca), y la segunda es que el altar está una pena. Las imágenes están quebradas, el moho ha invadido todo, el cartel que anunciaba a San Jailón yace destrozado en el piso, las cruces se han archivado hacia el monte y en el suelo hay latas de cerveza y restos de botellas cual taberna en resaca. Eso sí, las flores nunca faltan. Eso sí, el rosario que pende del cuello del Cristo de la Concordia nadie lo toca.

Ahí estoy junto a doña Felicidad que sonríe apenas dejando ver sus dientes de oro. Por la noche lo hará a sus anchas. Por ahora es muy temprano. Son las dos de la tarde y ella ya lleva un par de horas instalada bajo estas calaminas sostenidas por una frágil estructura de maderas avejentadas. Es su turno. Pasado un lunes, ella y su comadre alternan en la venta de cerveza, cigarros, coca, lejía, bicarbonato, velas y algunos dulces. Es el día en que los devotos de San Jalión vienen de visita. Las flores y las velas le llevan cualquier día pero los lunes, además, brindan agradeciendo por los favores recibidos, por los milagros venideros o porque sólo allí se permite tomar cerveza los lunes de Ley Seca.
-       
      No. Eso no,

replica doña Feli, en resguardo de las cinco cajas todavía cerradas que trae, más dos conservadoras grandes repletas de cerveza. Unas 300 latas, calculo.

-        No vienen jóvenes así, para tomar…

justifica, y la señora menudita que la acompaña, asiente.

-        Sólo viene gente mayor a rezar, a pedir, así…

continúa doña Felicidad. La señora pequeñita no habla casi nada y cuando lo hace es en quechua y apenitas. Ella fuma un Casino sin filtro y me invita. Siento alivio. Acepto, enciendo y me esmero. Intento no atorarme. Entonces la señora menudita me alcanza coca, coquita. Gracias. Agarro un manojo y nos charlamos pijchando. A tanto alivio me pido una cerveza, luego otra. A estas alturas las dos ya me han contado que la esposa de Héctor Monsón Choquetito se ha vuelto a casar y no ha regresado. Y yo les he contado la historia de la mujer cuyo marido, devoto de San Jailón, después de ponerle velas y rezar murió, y que desde entonces, como revancha, su viuda descabeza al Cristo o a los ángeles de yeso que se erigen allí. Develo así el misterio de las decapitaciones que llevan ya varios años con diferentes versiones. Las dos me miran sorprendidas. Agarro más coca y sigo pijchando. Es más, ayer mismo cuando vine, la imagen de Jailón en la lápida estaba borrosa, irreconocible, no se veía nada y hoy está como nueva, se mira clarito, les cuento. Ellas abren grandes los ojos. Yo tomo otro sorbo de cerveza.

La señora menudita me invita otro puchito. Fumamos. De pronto se para, deja en ofrenda toda su cajetilla de cigarros a San Jailón, le enciende una vela, reza, cruza al otro lado de la carretera, sube a una moto-taxi y se va. Doña Feli ha tenido tiempo de contarme que Jailón era jailón porque comía con medida. Ahora doña Feli está acompañada por una amiga con quien charla amenamente. Ni el golpe lapidario que ambas dan a sus piernas morenas de rato en rato las distrae. Asesinan mosquitos. Con las manos se escurren el sudor del pecho y la frente. Doña Feli ya ni me mira así es que le pago, me despido y me voy. Escupo la coca y siento mi boca adormecida. No la siento.

La coca del Chapare es poderosa. Cuentan que hace algún tiempo los campesinos encontraron un pesticida buenísimo pero el remedio resultó peor que la enfermedad porque reducía el alcaloide en un 80%. Descubrieron que era gringo y acusado de andar boicoteando lo desecharon y ya. La coca recuperó su poder. Lo mismo sucedió con el Fusarium Oxysporum, un hongo que atacó los cocales gravemente. Intervino el mismo gobierno, preocupado. Los más conscientes pidieron perdón a la Pachamama creyendo que estaba enojada por tanto ultraje: el hongo era producto del uso abusivo de fertilizantes para hacer rendir la tierra más de la cuenta. El hongo finalmente se erradicó, la coca no. Nadie hizo caso a la Pachamama.

Y es que en el trópico cochabambino la amenaza a la producción de hoja de coca es inadmisible como obvia porque su rentabilidad es inigualable. Cuatro cosechas anuales en 1 cato de coca por familia. Cada cato rinde 288 kilogramos de hoja de coca que se vende a 270 dólares el taque de 22 kilogramos (50 libras). Total que cada cosecha rinde alrededor de 3.553 $us. multiplicados por cuatro veces al año. Todo eso sin contar lo que en verdad sucede detrás de cada cato de coca.

Ningún intento gubernamental por sustituir la hoja de coca por productos alternativos locales ha prosperado. En el Chapare nada ha sido más rentable que la coca. Nada. Según cifras oficiales en el país existen 27.2000 hectáreas de coca*. Según la única ley vigente (Ley 1008), sólo 12.000 hectáreas son legales y están en los Yungas de La Paz. No en el Chapare. Las mismas autoridades reconocen que de las 22.416 toneladas de hoja de coca que se producen en el Chapare cada año, 21.234 se van al narcotráfico (95%) que, según el propio gobierno, mueve entre 300 y 700 millones de dólares (1.5% y 3% del PIB)

A pesar de ello o por lo mismo, el gobierno de Evo Morales insiste en que sean 20.000 las hectáreas para industrializar la hoja*. Con tal motivo construyó una enorme planta de industrialización próxima a Villa Tunari que se mira imponente desde la carretera pero que está abandonada. Los cocaleros prefieren producir para el que paga más. Obvio.

Por aquí no es un secreto. Todos saben quiénes se dedican a la "pichicata" (droga) y quiénes no. Y los “pichicateros” pagan bien. Así lo reconoce el curandero con el que hablo, colega de San Jailón. Porque Héctor Monsón Choquetito era curandero y dicen por aquí que atendía a los narcos. ¿San Jailón es el santo de los narcos? “Para qué mentir”, dice él, moviendo la cabeza de lado a lado. “Sino, quién le traería tanta flor cara. Usted sabe ¡cuánto cuestan los gladiolos!”, exclama arqueando las cejas.


Gladiolos blancos le llevó a San Jailón doña María, desobedeciendo el pedido que el mismo finado le había hecho la noche anterior en sus sueños. Él quería gladiolos rojos. Al día siguiente la movilidad en la que viajaba la señora dio un tremendo vuelco de campana y doña María supo que era por culpa de las flores blancas. Salió ilesa del accidente y fue corriendo a reponer los gladiolos blancos por rojos.

Jailón fue siempre un poco caprichoso. Le gustaba llamar la atención, usaba esas camisas llamativas y el pantalón blanco al modo de los peruanos. ¿Peruanos? Sí. En toda la zona del Chapare más de la mitad de los curanderos son peruanos. Sólo en Ivirgarzama hay cuatro y sumando todas las pequeñas poblaciones suman más de 20. Todos encuentran trabajo atraídos por la buena paga. Ya saben, “para qué mentir”.


Un diente forrado en oro brilla en la boca de Willy Coque que habla con propiedad. De rato en rato se le escapan frases hechas al estilo televisivo del "¡compre ya!", como cuando dice "me salió de paquete" en vez de decir "me salió a pedir de boca", o retazos de rezos que de tanto repetirlos se le cuelan en el lenguaje cotidiano. La fluidez debe ser uno de los requisitos del oficio de curandero. Tal vez un requisito previo porque todo curandero que se precie primero fue vendedor ambulante de medicinas. Willy Coque lo fue. Willy Coque es Don Benito.

Don Benito es curandero de nacimiento. Su abuelo fue el curandero más respetado de Guaqui, al sur del lago Titicaca. “Del maestro su maestro”, cuenta Willy orgulloso. Su padre heredó el oficio igual que su hermano, luego sus cuñados y ahora también su esposa. Un trabajo que le ha permitido construir a medias una casa de dos pisos en Villa Adela, en El Alto, alquilar otra casita y una oficina en Shinahota, en el Chapare, y finalmente comprar una vagoneta verde esmeralda de tercera mano que lleva en el techo una sirena amarilla con la que Willy entra al Chapare abriéndose paso entre la espesa neblina que habita las montañas húmedas del trópico cochabambino, como quien entra a su casa de brujo donde los brujos son requeridos aunque sólo fuese por si acaso.

Willy, su esposa Aurora y sus tres hijos han pasado las fiestas de fin de año en El Alto. En su casa de Villa Adela, Willy espera impaciente que la lluvia inclemente amaine en el trópico porque hace días que el camino está imposible y ya es hora de volver al trabajo en Shinahota, donde vive.

Willy tiene el cabello demasiado canoso para un hombre de 44 años, aunque ese detalle es fundamental para su imagen de tipo serio. Lleva una camisa celeste a rayas debajo de la cual se atisba una camiseta blanca, como todo paceño que se precie. Es robusto, casi alto, y sus modales son los de un caballero. Me recibe afanoso disculpándose por el desorden, por la casa a medias construir, por educación o por costumbre. “Va disculpar”.

Desde el garaje de portón metálico subimos por las gradas de cemento hasta la cocina que lleva a la sala: una habitación cuyas ventanas dan a la calle, una cama tendida que hace de sillón, una mesa larga con sillas plásticas alrededor y en el rincón un equipo de música imponente coronado con un barco de madera de esos que construyen los presos hábilmente dentro de una botella. Más abajo hay dos “ñatitas” (cráneos humanos) bien abrigadas; dos velas encendidas y cigarrillo sin filtro como ofrenda las acompañan. A su lado descansa una guitarra eléctrica: "es mía, estoy aprendiendo", sonríe Willy que para los amigos y con algunas cervezas encima es “Willy Colón” porque le gusta la salsa. Ahora no. Ahora Willy es un respetable curandero, médico tradicional. Es el Secretario General de la Asociación Boliviana de Médicos Naturistas y Tradicionales de Bolivia, nada menos. Willy manda a comprar una botella de agua, agarra dos vasos siempre disculpándose y amablemente me invita: "sírvase, sírvase, va disculpar".

El apellido es lo de menos. Choque o Choquetito. Lo importante es que eran tan unidos que hasta se dice que eran primos. Pero no. Eran amigos a fuerza de costumbre, costumbre de cruzarse por el camino. Porque no siempre fue así. Héctor Monsón Choquetito, el Jailón, tuvo que aprender buenos modales.  

Se conocieron por Montero, Mineros o San Julián, cerca de Santa Cruz, en alguna de las ferias habituales en aquellas ciudades y pueblos intermedios, allá por 1997. Ambos eran vendedores ambulantes: Willy Choque vendía remedios caseros y Héctor Monsón era relojero. Los dos paceños, migrantes a medias porque el oficio los obliga a ser más bien nómadas, de feria en feria, de oriente a occidente, cargando sus maletines James Bond.
El relojero era más joven y andaba mal vestido. Por si fuera poco un día de esos abrió su James Bond y lo que tenía adentro ya no eran relojes sino ¡remedios caseros!. Héctor Monsón Choquetito quería ser curandero. Para mayor arrebato, el ex relojero había comenzado a vestirse bien y estaba queriendo hacerse al jailoncito. De nada sirvieron los reclamos de los colegas del gremio pues Héctor entró a la comunidad apadrinado por “El paceño”, otro curandero joven y algo altanero que sin permiso de nadie lo metió al negocio y fue su maestro.

Ahora que el finado es un santo, Willy reconoce que eso de bueno tenía: Jailón aprendió de varios expertos. “Elegía a sus amistades y le gustaba juntarse con gente importante”. Por eso Jailón fue discípulo nada menos que del “tío Carta”, un anciano respetable de apellido Cartagena, peruano, cuya raza negra y sus habilidades comerciales le permitieron pasar por brasileño. El tío Carta trabaja ahora mismo con el nombre de “Jaisihno da Silva”. También están “El Chuncho Amazónico” y “Pedro Suárez” como maestros del novato.

De todos ellos Héctor Monsón tuvo que aprender a respetar a sus mayores “hasta hacerse bueno”. Porque antes le jugó a Willy una mala pasada, inapropiada para un aprendiz de brujo. Fue en la fiesta de San Julián un 24 de junio cuando Willy llegó con varios días de anticipación para alquilar su puesto como manda el protocolo de la sobrevivencia comercial. Habiendo hecho el pago correspondiente y todas la gestiones, llegado el momento Héctor Monsón apareció de la nada instalado en lugar contratado. Willy resolvió el inconveniente pero aquello marcó la mala imagen del Jailón.

Por eso fue un tanto extraño que un par de años después, trabajando ambos curanderos por Ivirgarzama, Héctor, ya Jailón, ya más canchero, ya de rojo y blanco, se acercase a Willy diciendo: “Willy Colón: ¿una salsita?” 

Willy decidió otorgarle el beneficio de la duda y aceptó su invitación a comer. “Por qué no”, pensó Willy y se fueron a Las Chozas. Ahí Héctor le pidió disculpas por sus errores de juventud, se tomaron unas cervezas y comieron un ceviche, el plato favorito de Jailón que ahora Willy prepara de maravilla.

Ese fue el inicio de una amistad que perdura incluso hoy que Willy -Don Benito- trabaja con San Jailón desde las alturas resolviendo apariciones: casos de objetos perdidos que por intermediación del alma del Santo pueden ubicarse de manera aproximada o precisa. Una especie de GPS espiritual.

Pero lo suyo es serio y requiere especialización, como en la medicina. Hay chamanes, hay ritualistas… “En general somos curanderos. Mejor, médico tradicional”, aclara Willy y explica su práctica más frecuente: curar a la gente que llega con susto, con malas energías o enfermedades. Porque hay que saber. “La gente confunde maldición con desgarro y uno tiene que acertar. Hay que aliviar en algo siempre, sino la gente no te cree”, alega Willy a tiempo de quejarse por tanto “suplantador” metido en el rubro que prepara “una sola mesada para todo” cuando el “baño de florecimiento”, por ejemplo, se prepara con diferentes hierbas medicinales. “Son diferentes maneras de preparación”, añade seriamente. “Un asustado no se puede curar con una limpia espiritual. El asustado es con oraciones. Los niños son fáciles de curar. Una persona adulta necesita forzosamente un ritual al mismo tiempo que un florecimiento y un baño. Así yo trabajo. Un niño, con una sahumada se cura al rato”, concluye Willy con solvencia.

Jailón trabajaba como astrólogo. Lo suyo eran los naipes o el Tarot. Miraba las cartas, hacía limpias… “expansión espiritual” para ser más concretos. Pero aunque Willy sabía de Héctor hasta sus más caros anhelos como que quería dejar de trabajar porque ya no lo necesitaba pues el trabajo de su mujer cristiana, dueña de un alojamiento y comerciante, era suficiente, no sabía que sus destrezas como curandero eran más eficientes de lo que parecían. Pues así comenzaron los milagros.

Fue después de su muerte. Ah… su muerte.

Antes hay que decir que si Jailón comía con medida bebía sin clemencia. Le gustaba irse de copas más de tres días. “No era de un día nomás”, cuenta Willy recordando que después de hacer las paces con Héctor, allá por el año 2000, éste lo volvió a invitar dos veces más a su lugar favorito: el Rubí, en Chimoré. Después de trabajar, el viernes por la tarde ya se metía ahí y no salía hasta el lunes. Una vez llamó a su amigo Willy, le dijo que agarrara una moto y se fuera al Rubí. Ahí le invitó una caja de cerveza para asegurarse que Willy le había perdonado sus altanerías previas. Willy quiso complacerlo con otra caja de cerveza pero Jailón no permitió: “donde yo tomo está prohibido meter las manos al bolsillo”, dijo sobrador. “Bueno, si quiere que se bacanée”, pensó Willy y salieron de allí cinco cajas después hacia el local de doña Sara. Lo mismo sucedió una vez más por esos años. La última vez fue el 14 de marzo del año 2008. Esa vez Jailón no llamó a Willy sino al “Charapa”, un curandero de mala fama que vendía grasa de víbora en la feria “16 de Julio” de El Alto.

Era viernes cuando entraron al Rubí y bebieron hasta la madrugada del sábado 15. Por entonces el Jailón ya tenía auto y ese fue su error: salirse del Rubí traicionando su costumbre y conducir bebido. Junto con “El Charapa” quisieron continuar la juerga en Shinahota, invadieron carril y un tráiler se les vino encima. El Jailón quedó atrapado, pidió ayuda pero fue tarde. Murió ahí en la carretera a 20 metros del Rubí. “El Charapa”, malbicho, salió ileso. Un deportivo negro pasó por detrás, miró y se fue. Llegaron los policías y se lo llevaron sin saber que cargaban a un Santo.

El Jailón estuvo tres días sin que nadie lo reclamara. Willy andaba de cumpleaños y se enteró tarde. Cuando la gente de buen corazón quiso hacer una colecta para enterrarlo porque las hormigas comenzaron a comérselo, apareció su mujer desde Yapacaní, cerca de Santa Cruz, donde vivían junto a los tres hijos de Héctor. Lo enterraron en el cementerio del lugar, entrando a mano derecha. Amén.

Ni cortos ni perezosos sus colegas recogieron los restos de la camioneta, armaron una cruz y la plantaron ahí mismo. Enseguida apareció una señora desde Ivirgarzama con una bola en el cuello diciendo que las almitas de los curanderos eran milagrosas. Capaz que era cierto y esa bola desaparecía de una vez por todas. Y desapareció. ¡Milagro! exclamaron todos. Y lo bautizaron como “San Jailón” para siempre.

Testigo principal es la señora que viajaba en un bus rumbo a Santa Cruz y que pasando por la apacheta de San Jailón vio a un hombre todo vestido de blanco, deslumbrante, cruzar por la carretera. El chofer también lo vio y, es más, ¡casi lo atropella!. Pero el hombre de blanco atravesó el camino tranquilo y se perdió en el monte. Desde entonces, cada que pasa por ahí aquel chofer se detiene en el lugar a dejarle flores. Lo mismo hace don Javier, dueño de “El Curichi”, el restaurante donde los buses paran, repletos de pasajeros, a comer. Don Javier no falla nunca con sus flores y desde que es devoto de San Jailón los buses no han tenido accidentes, de modo que su restaurante está siempre lleno.

La voz corrió y la gente comenzó a llenarse en el lugar donde Willy colocó la cruz, sobre todo los días lunes con rezos y flores. Hasta que apareció Juan, hermano de Héctor. Celoso, Juan reclamó no sé qué. Mientras los devotos querían construir un altar, Juan, mal borracho, armó un lío amenazando con desenterrar al muerto. Ni siquiera sabía que el cuerpo descansaba en el cementerio de Yapacaní. Willy, molesto, decidió desafiarlo. “Tal vez fue la mala lengua mía. A veces no es bueno hablar por demás”, reflexiona Willy. “Yo le dije: ya que tanto dices que tu hermano no hace nada, a ver, veamos: que tu hermano justifique las cosas, que tu hermano te mida con la misma vara”. Dicho y hecho. Juan, borracho, fue atropellado por una motocicleta que casi lo deja sin piernas. “Fue castigo de su hermano”, sentenciaron todos. Desde entonces Juan va de visita a la apacheta y humildemente pijchea de callado.

Bajo el techo de la apacheta caben todos, justos y pecadores. ¿Los narcos? “Para qué mentir”, también vienen trayendo gladiolos. “No se puede impedir que vengan”, dice Willy algo resignado. San Jailón es también Santo de los narcos.

Cuentan que estaba una familia llevando insumos para la elaboración de pasta base de cocaína cuando de pronto divisaron a los “leos” (leopardros, miembros de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico). La señora, asustada, comenzó a rezar: “Jailoncito, ciégalos. Este es todo mi capital sino qué voy a hacer… Por favor, ciégalos”. La camioneta se detuvo y la familia pudo esconder en el monte todo lo que traía a la vista de los leopardos, cegados. Tres días después encontraron intacto lo que habían botado al monte. ¡Milagro!

Pero así como ciega “leos” a pedido de los narcos, San Jailón también oye los recados de los “leos” para atrapar narcos en ese juego del gato y el ratón tras el botín. San Jailón es generoso.

Un trabajo que normalmente cuesta 100, 300 y 1.000 pesos (15 a 150 dólares), a pedido de un narco llega a costar 500, 1.000 y hasta 1.500 dólares, dependiendo de la dimensión del milagro requerido. No es fácil. El curandero explica:
-       
      Por ejemplo, viene un narco y nos pide…

hace una pausa y, por si las dudas, aclara:
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      Usted ha debido escuchar hablar de los cuatro elementos: agua, tierra, aire, fuego. Aquí también entra la cosmovisión andina, la Pachamama. Entonces pedimos el favor a la Pachamama para que cuando los “leos” persigan a los narcos, de pronto el río crezca…, de pronto caiga una lluvia…

San Jorge amansó al dragón poniéndole un cinto de cuero de cordero. Por eso San Jorge es cómplice, es el intermediario y a veces el suplente de San Jailón. Mejor, su compañero. A ambos se les reza así:

"Jailoncito, por intermedio de San Jorge, por favor, agarra a los "leos", amánsalos como a corderos, tenlos encerrados y que sean mansos y no sean rudos. Si me haces ese favor te hago una misa, te prendo este cirio a favor tuyo".

Amén.

No todos han entrado al negocio pero todos se han beneficiado del impulso del circuito económico y la angurria por el dinero es como la droga misma que ha crecido tanto que ya no es mito. La frontera entre el bien y el mal se ha diluido al calor del alcaloide y qué más da ser narco o no. Encima, peones de los peces gordos. Eso no es lo fundamental sino la posibilidad de salir de la pobreza que ha llegado al Chapare como una lotería.

Él, que adivinaba las vidas ajenas, no pudo saber que su ambición se cumpliría. “Expansión espiritual” era lo que Héctor Monsón Choquetito, curandero, ofrecía a los demás sin saber que construía así una metáfora: porque ¿dónde más alto se puede llegar en el ascenso social popular sino a la santidad?. Más aún, ser San Jailón, el más “jai” de los santos.










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